Felipe Rodríguez Torres

La sensibilidad poética del cine argelino contemporáneo encuentra en Hassen Ferhani a uno de sus rastreadores de espacios más intuitivos. Tras deslumbrar con Dans ma tête un rond-point (2015), el cineasta regresa a las pantallas de la sección Tiempo de Historia de la SEMINCI con una obra de una naturaleza radicalmente distinta, íntima y profundamente literaria. Lejos de la mirada puramente sociológica, Ferhani acomete aquí una exploración de carácter flâneur donde la geografía urbana de Argel deja de ser un simple telón de fondo para transformarse en el espejo emocional de un vínculo paternofilial sostenido por la palabra, el arte y el propio caminar.

La puesta en escena de Ferhani se desmarca de los formalismos rígidos de la no ficción tradicional para operar mediante una estructura libre y fragmentaria. La película se construye a partir de paseos compartidos, conversaciones cotidianas y el rescate afectivo de archivos caseros. A través de este dispositivo, el director edifica un doble retrato: el de su propio padre y, en consecuencia, el de una Argel crepuscular y magnética. Existe en la propuesta un profundo pulso estético que vincula la naturaleza urbana con el soporte escrito, trazando una hermosa línea de continuidad que viaja con delicadeza del árbol a la página, de la página a la imagen analógica y de la imagen a la pura experiencia vital. Los jacarandás le sirven como metáfora y faro visual que conecta con los estratos de la memoria.

En este trayecto, la literatura no se invoca desde la intelectualización, sino como una herramienta de resistencia cotidiana y un refugio compartido entre dos generaciones. La cámara de Ferhani, siempre atenta a las variaciones lumínicas del entorno y al deambular pausado de los cuerpos, registra el placer del trayecto sin un destino prefijado, dando lugar a una obra hecha a base de silencios elocuentes y de una devoción compartida por la belleza que subsiste en los márgenes de una gran metrópolis herida, consolidándose como una propuesta mayor en su aparente modestia. Una meditación fílmica que demuestra que filmar el propio origen, cuando se hace desde el pudor y la honestidad formal de Ferhani, es también una forma de cartografiar el mundo y de salvaguardar el tiempo que se nos escapa entre las manos.