Cristina Aparicio

Hay dos momentos claves en The World Before: dos instantes en los que se produce un cambio en la mirada y que se corresponden con una pérdida o, sencillamente, una evolución. Porque madurar es un proceso –y no tanto un hecho puntual y concreto– y, sin embargo, Yoon Dan-bi consigue hacer evidente y visible ese cambio de etapa vital. El primero de esos momentos sucede mientras Jin y Dujae, dos adolescentes que acaban de reencontrarse después de años sin verse, se bañan juntos como hacían de niños. En el agua recuperan parte de esa inocencia infantil, y la puesta en escena acompaña esa sensación de despreocupación y disfrute gracias a la calidez de la luz del sol y a la frescura del mar en el que juegan. Nada más salir del agua, algo cambia: él observa con detenimiento a Jin y desaparecen las risas, la complicidad, la proximidad física… La música también ha cesado, y los diálogos. Ahora, en silencio, se adentran en el bosque que les devolverá de nuevo a su camino a la adultez. El segundo cambio se produce justo después: al llegar a la casa abandonada para que Jin pueda cambiarse de ropa, ella observa desde el interior a Dujae. El deseo se traslada al cristal que separa ambos espacios: a un lado de esa puerta está ella a medio vestir; al otro lado, él, que espera fuera a que termine. En la imagen, que depende por completo de la mirada de ella, coinciden las dos figuras que se superponen en el cristal. No hay nada inocente en la escena, no hay rastro de la ingenuidad con que nadaban minutos antes.

En The World Before siempre parece existir ese cristal que separa a Jin y Dujae, incluso cuando no está presente. Hay dos velocidades, dos maneras de mirar el mundo, dos formas de experimentar el hecho de que los personajes no terminan de encontrarse por muy cerca que estén. Crecer siempre es un proceso muy personal que interioriza lo que sucede alrededor y que lo puede convertir en recuerdo o trauma. En cualquier caso, las lágrimas y los abrazos son tan necesarios como inevitables.