Cristina Aparicio
Uno de los aspectos más fascinantes del mundo infantil es su condición de lugar libre de responsabilidad, de obligaciones y, sobre todo, de complicaciones adultas. Hay una sencillez abrumadora en la manera en que se mira el mundo en este momento vital, una mirada genuina, casi mágica que no juzga; abierta y receptiva a lo que la vida va a deparar. Es esta mirada la que predomina en The Ballet Lesson, el segundo largometraje de Kazuya Murayama. Un film que se asemeja en tono (y estructura) a las novelas infantiles donde los personajes viven lo cotidiano desde su excepcional manera de ver y sentir el mundo. Es algo que se deriva de la elección del punto de vista: el de los dos hermanos protagonistas. La cámara parece estar fija a la altura de los niños, captando desde ahí todo lo que sucede alrededor de ellos.
Todos los elementos de esta historia parecen extraídos de un cuento: el abandono paterno, la búsqueda de una madre perdida, la aventura en coche, barco, autobús y a pie por cualquier rincón del mundo, personajes pintorescos y lugares improbables conocidos por el camino, y una promesa… El extrañamiento y la sensación de irrealidad con que comienza la odisea familiar son una rareza que hacen que este sea un film único, valioso, con una narración que se siente libre, espontánea, casi lúdica y luminosa, igual que los cuentos. Lástima que, de adultos, ya no sean tan mágicos ni optimistas los cuentos que nos contamos.











