Carlos F. Heredero
Ganadora del Premio Especial del Jurado en la SEMINCI de Valladolid con Journey to the Sun (1999) y de la Concha de Oro en San Sebastián con La caja de Pandora (2008), la ya veterana cineasta turca Yesim Ustaoglu regresa al festival donostiarra con una obra de madurez, portadora de una serena meditación sobre la necesidad de reencontrarse consigo mismos, por separado, que sienten los dos integrantes de un matrimonio de creadores: una poetisa en crisis de inspiración y un músico que trabaja con todo tipo de sonidos en sus investigaciones musicológicas. La mecha la enciende ella, desgarrada por haber perdido su voz interior y por sentirse acorralada en un hogar que no termina de sentir como suyo, lo que la lleva a partir en busca de sus raíces familiares y del pueblo de su abuela. Pero sucede que Ustaoglu filma ese itinerario en alterno y equilibrado paralelismo con el que recorre su marido, quien parte también –acompañado por el hijo de ambos– hacia otra lejana aldea rural a fin de reencontrarse con su viejo padre y con la herida que ambos arrastran debido a la muerte del hermano del músico.
Lo que en principio parece presentarse como la enésima historia de reconstrucción identitaria y emocional femenina adquiere enseguida una complejidad mayor al construir la directora un doble y paralelo itinerario (el del músico y el de la poetisa) que el relato va alternando buscando los ecos, diferencias y resonancias que los dos procesos experimentan entre sí. El encuentro con la memoria de la abuela ya fallecida, en un caso, y el ajuste de cuentas con el padre ya enfermo, en el otro, conducen a las respectivas catarsis de ambos protagonistas, dentro de una construcción que consigue conquistar su propia organicidad y coherencia a base de filmar con respeto y sin maniqueísmos, primero la crisis matrimonial de la pareja y, luego, los caminos que ambos siguen por separado.
Bajo las imágenes de Artakalan resuenan, de forma inevitable, los ecos del cine de Nuri Bilge Ceylan cuando los trayectos de ambos personajes se adentran en la Turquía interior, en las viejas aldeas y en los parajes de las montañas nevadas. Es una referencia sin duda asumida por la cineasta, quien filma a sus dos personajes confiriendo entereza pictórica a sus cuerpos (el peso que sus respectivos físicos adquieren en los encuadres), verdad a su mirada y orgánica integración de ambos tanto en el hogar inicial del que acaban alejándose como en los espacios rurales a los que llegan. La película consigue conquistar su propio ritmo y desemboca en un epílogo al que quizás le sobran algunas pinceladas poéticas sobrepuestas, lo que no impide a la película hablar con honestidad y sin retórica discursiva de cómo a veces es necesario volver a conectar con las raíces para que las ramas del árbol puedan seguir expandiéndose en nuevas y enriquecedoras direcciones.











