Carlos Losilla
Las películas de Tizza Covi y Rainer Frimmel oscilan entre el retrato y el relato con elegante, empática precisión. Y, sin embargo, a primera vista, parecen meras colecciones de apuntes, como si se enfrentaran a un personaje sin apenas conocerlo y empezaran por un pequeño esbozo, una opción formal que en el fondo es el punto de partida de todo su cine. En Vera, su trabajo anterior, la hija del actor Giulianno Gemma les servía de base para hablar de las relaciones familiares, del peso de la fama, pero también para dar forma a una figura femenina inolvidable, que iba cobrando fuerza a medida que el film avanzaba. El hombre más solitario de la ciudad, su última película, parte de un personaje más anónimo pero lo convierte en leyenda: lo pequeño, lo aparentemente insignificante, es la semilla del mito contemporáneo.
Alois Koch, alias Al Cook, es un humilde músico vienés que, en tiempos, imitó a Elvis Presley y luego se dedicó al blues. Ahora afronta su vejez rodeado de sus recuerdos y con una amenaza en el horizonte: tarde o temprano deberá abandonar la casa en la que nació, amenazada por la especulación inmobiliaria. Lejos de centrarse en esta trama, sin embargo, el film va más allá, da un triple salto mortal y se dedica a seguir a Al en su última aventura: su loco deseo de viajar a Memphis, la cuna del blues, y establecerse allí. Covi y Frimmel no renuncian a la deriva sentimental, sino que la reconvierten, lo mismo que hacen con la noción de realismo. Siendo un documental, El hombre más solitario de la ciudad accede a la ficción al tiempo que su personaje: negándose a dejarse llevar por una realidad inmisericorde, Al intenta ir más allá, regresar al pasado, como demuestra su toma de contacto con una antigua amante y las fotos que esta le hace inmortalizándolo como el personaje que siempre quiso ser. A la vez, sin embargo, el presente avanza implacable y Al se ve obligado a vender todos sus recuerdos antes de que el piso sea demolido. A la foto junto al Danubio, que simula el Mississippi y lo muestra como un héroe del blues, se opone el plano en el que, solo en su casa, debe enfrentarse al vacío progresivo del que siempre fue su espacio.
Pues bien, entre esas dos imágenes se juega una película como esta, que ofrece muchas otras pero que, en el fondo, se resume en esa oposición: ni siquiera para el cine, a veces, es bueno aceptar la dictadura de la realidad (o del realismo).











