Àngel Quintana

Quentin Dupieux parte siempre de una única idea, a menudo absurda o arbitraria, y la lleva hasta sus últimas consecuencias, con el fin de convertirla en una fábula que habla del estado del mundo. Una rueda asesina, una chaqueta de piel con voluntad propia o una mosca gigante encerrada en un coche o una hija bulímica que destruye el poder de su padre han sido algunos de los puntos de partida desde los que el cineasta francés ha desarrollado una mirada tan cómica como inquietante sobre las relaciones humanas y las patologías contemporáneas. En Le Vertige vuelve a operar desde ese mismo mecanismo, aunque esta vez el punto de partida posee una dimensión filosófica mucho más explícita, como la vieja hipótesis según la cual el mundo real no sería más que un conjunto de apariencias y la verdad únicamente podría encontrarse en sus reflejos.

A partir de esta premisa, Dupieux construye un juego de espejos que cuestiona constantemente la relación entre la realidad y sus simulaciones, entre aquello que percibimos como auténtico y las múltiples representaciones que organizan nuestra experiencia cotidiana. Pero fiel a su manera de proceder, el director evita convertir la película en una simple especulación abstracta. Poco a poco el relato desplaza su centro de gravedad hacia la sospecha de que la copia ya no es más inquietante que el original, y de que quizás la brutalidad del mundo contemporáneo ha terminado por superar cualquier caricatura o cualquier simulacro posible. La realidad, parece sugerir la película, se ha vuelto más absurda, más grotesca y más violenta que sus propios reflejos. En ese desplazamiento emerge una reflexión sobre el propio cine entendido como espejo deformante del mundo. Dupieux decide entonces llevar su propuesta hasta el terreno visual y sustituir la imagen analógica por una animación digital en 3D de apariencia deliberadamente robótica. Los personajes parecen haber sido vaciados de toda textura humana para convertirse en avatares que vagan por una gigantesca pantalla Matrix, atrapados en un universo de superficies donde la artificialidad deja de ser un efecto para convertirse en una condición existencial.

Las paradojas, los gags y los absurdos que atraviesan la película funcionan como una estrategia de distracción. Bajo su apariencia ligera y arbitraria se esconde una mirada profundamente pesimista sobre aquello que permanece de lo real. Como ocurre en sus mejores películas, el disparate nunca es una finalidad en sí misma, sino una herramienta para revelar las grietas de un presente cada vez más extraño. Le Vertige juega a la confusión y al desconcierto, pero en el fondo su vértigo no nace de la proliferación de imágenes falsas sino de la intuición de que quizás ya no existe ninguna diferencia clara entre el reflejo y aquello que refleja.