Eulàlia Iglesias

En un cruce imposible entre El gran azul (1988), de Luc Besson, Las vírgenes suicidas (1999), de Sofia Coppola y Todo sobre Lilly Chou-Chou (2001), de Shunji Iwai, se sitúa el primer largometraje de Konstantina Kotzamani, un coming of age acuático ambientado en una escuela de sirenas. Literalmente. En Japón existen academias para formar a jóvenes en el oficio de animadoras de parque acuático ataviadas como esta figura mitológica que entretienen a los visitantes con sus espectáculos bajo el agua. Fue el descubrimiento de estas escuelas y la actitud de las chicas que estudian en ellas lo que inspiró a la directora griega este film en torno a una joven retraída, Akame (Arisa Sasaki) que aprende a encontrar su propia voz sirénica más allá de los mandatos del colegio. La chica, a quien apodan Deep Sea, explora su capacidad para mantenerse el máximo tiempo posible bajo el agua mientras suspira por el instructor de natación de la escuela. Kotzamani convierte la academia en uno de esos espacios cerrados que permiten plasmar las inquietudes, inseguridades, anhelos y conflictos de un grupo de chicas jóvenes. La directora despliega una estética girlie bañada en tonos oscuros. Queda claro que uno de sus intereses es la fascinación que la figura de las sirenas despierta en las adolescentes, como manifestación tanto de una cierto ideal de feminidad como de una identidad alternativa que les permite evadirse de un mundo en el que no encajan. La atmósfera más oscura recrea tanto la escasez de luz en el fondo marítimo como el sentimiento de congoja que atenaza a algunas muchachas, así como el lado más cuestionable de una academia que presiona a las chicas desde objetivos meramente comerciales y competitivos.

El proceso de transformación de Akame pasa por la conexión que siente en un karaoke con Follow Rivers, la canción de Lykke Li que popularizó La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche, 2013). El tema le permite encontrar su propia voz y ejercer efectivamente de sirena: al cantar embruja al instructor de natación al que tanto deseaba. A favor de Kotzamani, este ’empoderamiento’ de la protagonista no deriva en una trama romántica sino en una constatación por parte de Akame de su naturaleza real. La directora no teme arrastrar al personaje hasta el fondo del abismo en lo que su metamorfosis se refiere. Aunque el final no resulte tan radical como podría, hay toda una coherencia interior en las decisiones más ¿excesivas? que toma Kotzamani, sobre todo a la hora de visualizar el lema de la directora de la escuela, eso de que “las mujeres fuertes provocan olas“.  Más allá del enésimo mensaje de empoderamiento femenino, Titanic Ocean reivindica una expresión insólita de la subjetividad femenina, desde una estética que puede considerarse tanto su principal atractivo como una posible fuente de rechazo.