Eulàlia Iglesias
La historia reciente de Irán entendida como un encadenado de revoluciones fracasadas. Esta es la idea que estructura Rehearsals of a Revolution, el proyecto con que Pegah Ahangarani se aproxima a la situación en su país a partir de interrelacionar su historia personal y familiar con la de su tierra. El film se divide en cinco episodios, desde la Revolución Islámica a la represión del pasado mes de enero, cada uno ligado a un acontecimiento concreto que se explica a partir de la experiencia de alguien cercano, y mediante la combinación de archivos personales y documentación general. De manera que la elección del material y el formato documental de cada segmento suponen una lectura en sí misma de una época y una situación en concreto. La directora acompaña las imágenes con un relato en primera persona que, en algunos momentos, resulta un tanto excesivo y empaña la fuerza del resto del conjunto.
El primer capítulo está dedicado a su padre, Jamshid Ahangarani, a quien presenta como un entusiasta de Jomeini y un héroe de la Guerra contra Irak que se irá desencantando con el régimen tras ver la represión que desencadena, de la cual es víctima, entre muchísimos otros, su mejor amigo. El padre también ejerce de cineasta vocacional incluso durante el conflicto bélico, de manera que encarna igualmente una pasión por el cine que se extenderá hacia otros miembros de la familia. Si el primer episodio recoge la desilusión de buena parte de los partidarios de la revolución, el segundo registra la represión contra las mujeres a través de la figura de una maestra de la directora a quien se purga cuando se hacen públicas unas fotos suyas en una fiesta. Ahangarani aprovecha también para reivindicar la figura de su madre, productora cinematográfica en una industria compuesta mayoritariamente por hombres. El tercer segmento se sitúa en las protestas estudiantiles de 1999, en las que participó el tío de la directora, quien se acabó suicidando en la cárcel tras la durísima represión desencadenada por el régimen. Si en las dos primeras entregas, trabaja a partir de un profuso material de archivo familiar generado por los propios protagonistas, aquí en cambio la directora tiene que lidiar con la práctica ausencia de imágenes de su pariente, por lo que acaba incorporando un archivo de sonido que articula el relato junto a la ingente información de prensa sobre los acontecimientos.
El cuarto episodio, en plena revolución verde, ya está grabado por la propia cineasta en directo desde una manifestación. Aquí la urgencia del registro en primera persona se hace presente a través de todos los ‘defectos’ de una filmación en directo: las imágenes que se desenfocan y entrecortan en las carreras huyendo de la policía, los enfoques poco efectivos desde los escondites, la falta de un relato visual nítido e íntegro. Esta fragmentación se compensa con la imagen del amigo Ahangarani sobre una plataforma: la fuerza de un icono alzándose en medio de la confusión. Y la película concluye delante de la pantalla de un ordenador con un programa de edición abierto y preparado para un montaje final. Una vez más, la ausencia de imágenes de las últimas masacres en Irán cobra protagonismo, así como la nueva vida de la directora ya en el exilio. Las imágenes de su hija pequeña permiten concluir la película con una nota de esperanza.
Àngel Quintana
Desde algún lugar de su exilio en el Reino Unido, la actriz y documentalista iraní Pegah Ahangarani recibe en su mesa de montaje unas imágenes de la brutal represión llevada a cabo por el régimen iraní durante las protestas de enero de 2023. “Nunca habíamos visto nada parecido”, le dice su madre desde la distancia. Poco después llegan también imágenes de Teherán bajo la amenaza de los bombardeos y de un país atrapado entre la violencia interior y las tensiones geopolíticas externas. Ahangarani entiende entonces que los iraníes viven suspendidos entre el deseo permanente de rebelarse contra la represión y el agotamiento histórico de una revolución siempre frustrada, acentuado por esa guerra incierta provocada por Israel y Estados Unidos. El sentimiento de fracaso atraviesa tanto a quienes permanecen dentro del país como a quienes observan desde el exilio. De esa herida nace Rehearsals for a Revolution, un documental que convierte la historia íntima de la cineasta en una reflexión sobre la memoria política de Irán. Ahangarani asume que su propia vida no es más que el reflejo de una revolución inconclusa, de una revuelta que estalla una y otra vez para terminar siendo reprimida y silenciada.
La película está estructurada en cinco capítulos, cada uno vinculado a una figura fundamental en la vida de la directora: su padre, su profesora, su tío, un amigo desaparecido y su hija recién nacida en el exilio. Cada uno de ellos encarna un momento decisivo de la historia reciente iraní. El padre filmaba películas durante los últimos años del Sha y creyó en la revolución de 1979, aunque la guerra entre Irán e Irak terminó revelándole la deriva autoritaria y cruel del nuevo régimen, capaz incluso de ejecutar a antiguos compañeros de generación. La profesora de instituto de Pegah simboliza la libertad cotidiana aplastada por el control moral. Era una mujer moderna y vital que fue condenada al ostracismo simplemente por bailar y mostrar su cabello en una fiesta privada. El tío participó en las protestas estudiantiles de 1999 con la esperanza de que el nuevo siglo trajera una apertura democrática; fue encarcelado, pasó cuarenta días en aislamiento y terminó suicidándose tras salir de prisión. El amigo desaparecido representa el trauma de las movilizaciones de 2009, cuando Ahangarani filmó desde dentro la euforia revolucionaria y la posterior represión sangrienta del Movimiento Verde. Finalmente, la hija nacida en el Reino Unido introduce una nota de fragilidad y esperanza. Ella es una niña que todavía desconoce el peso histórico de un país marcado por revoluciones fracasadas y generaciones condenadas a repetirlas.
Coproducida por la compañía catalana Fasten Films, fundada por Adrià Monés, la película encuentra su mayor fuerza en el montaje de materiales de archivo. Ahangarani combina imágenes familiares, grabaciones domésticas, vídeos de protestas y distintos formatos digitales para construir una auténtica política de la memoria. El archivo no aparece aquí como simple ilustración histórica, sino como un gesto urgente de resistencia frente al borrado impuesto por el régimen. Las secuencias más conmovedoras son precisamente aquellas filmadas por la propia directora durante las protestas de 2009. La cámara temblorosa, constantemente amenazada por la violencia policial, transmite la sensación de un cine realizado al borde del peligro. Cada plano parece impulsado por la necesidad desesperada de registrar lo que el poder intenta hacer desaparecer. En esos momentos, Rehearsals for a Revolution deja de ser únicamente un documental autobiográfico para convertirse en un acto político y moral: una lucha contra el olvido.








