Imágenes pedagógicas
Uno de los temas que ha sido punto de unión de varias películas de la sección oficial de documentales en los últimos días ha sido la filmación de comunidades que han experimentado una catástrofe colectiva. Además de la premisa común, estas obras comparten un cierto esquema narrativo y de montaje que permite plantear una serie de preguntas sobre el imaginario de estos sucesos y cómo se han aproximado a él los cineastas. Películas como Si vas para Chile (Sebastián González Méndez y Amilcar Infante Cornejo, 2025) o Renacimiento (Karel Barra y Ana Turbay, 2025) filman, respectivamente, la migración masiva de venezolanos a territorio chileno y a la comunidad Maya Poqomchi en Baja Verapaz (Guatemala) en continua lucha por la recuperación de su tierra arrebatada. Ambas abren y cierran su metraje con carteles que introducen el conflicto y presentan una concatenación de escenas en las que la cámara asiste a la situación vivida por los personajes, ya sea en los viajes entre las distintas localidades del norte de Chile o la vida diaria de la comunidad guatemalteca. Como bisagra de esas secuencias, aparecen una serie de insertos a modo de planos recurso (cenitales del desierto de Atacama o detalles del río y las casas de Baja Verapaz) que se musicalizan con una banda sonora ambient que abre, al mismo tiempo, otra cuestión relativa al uso de la música en el cine de no ficción que puede analizarse específicamente en otra de las películas de la competición. Los dos largometrajes, que no experimentan demasiado en su puesta en escena, fundamentan su trabajo en la exposición de los hechos sin intervención, confiando su apuesta al valor testimonial de las imágenes que recopilan. Esta mirada pedagógica, que en ningún caso carece de valor, aún arrastra sin embargo un modo de filmar el dolor y la catástrofe ajena que sigue muy ligado a las formas del documental etnográfico.
Por su parte, Black Water (Natxo Leuza, 2025) asume ese molde narrativo y lo extrema inundando la película de música. Entregada al efectismo, la cámara filma a pocos centímetros los rostros de la población bangladesí apretujándose para subir a un tren y huir así de las fuertes inundaciones mientras una melodía percusiva digna de un thriller invade la pantalla. Lo mismo ocurre con el silbido musical de una mujer que reza en su jardín tras el anuncio de la llegada del tifón al que súbitamente acompañan unos violines melancólicos; o los fragmentos de archivo de los telediarios que también se sobrecargan de acentos melódicos. Leuza manipula constantemente las imágenes de su cámara, devolviendo una tesis al final de su película en torno al cambio climático que vuelve a adornarse de forma exacerbada en postproducción.
Por otro lado, uno de los cortometrajes a concurso se hace una serie de preguntas que tienen que ver con todo esto. En El ressò de la mirada (2025), su director Carles Bover, a raíz de parte del metraje descartado de su anterior proyecto rodado en Gaza se cuestiona precisamente el trabajo con la no ficción y el archivo. No obstante, lo hace desde una voz en off que se sitúa en todo momento por encima de las imágenes que muestra. En lugar de manifestar sus dudas a través de ellas, solo plantea una sucesión de sencillas reflexiones sobre la responsabilidad del documentalista que no terminan de profundizar ni en la filmación del dolor ni en las implicaciones de la imagen documental en el presente. Y es que todas estas cuestiones resultan pertinentes y es necesario seguir pensando sobre ellas, más aún en un momento en el que las imágenes bélicas y las catástrofes humanitarias se multiplican. En un año en el que ha pasado por numerosos festivales una obra tan importante como Nuestra tierra (2025), en la que la filmación del proceso judicial de la comunidad de los Chuschagasta permite a Lucrecia Martel desarrollar una reflexión valiosísima sobre el territorio y cómo filmarlo e imaginarlo en la actualidad, el corpus de películas de la sección oficial de documentales de Málaga ha permanecido resguardado en esa mirada testimonial. En una actualidad violenta en el que la integridad y la identidad de un porcentaje muy amplio de la población mundial son amenazadas diariamente, el cine que se limita a apelar a la empatía del espectador en lugar de construir su militancia desde sus formas, quizás está asumiendo una posición demasiado cómoda.
Nacho Álvarez








