Carlos Losilla

Claro que se podía escribir poesía después de Auschwitz. Lo que no se podía escribir era –y parece ser que eso es lo que quería decir Adorno– la misma poesía. ¿Qué se puede filmar ‘durante’ Gaza? ¿Significa Gaza lo mismo que Auschwitz o va un paso más allá, por tantas y tantas razones que no vamos a especificar aquí? ¿Permite Gaza filmar películas tan ‘bellas’ como Noche y niebla (1956) o Hiroshima, mon amour (1959), ambas de Alain Resnais? Durante varios largos minutos de Yes!, el último largometraje del cineasta israelí Nadav Lapid, viene a la cabeza, precisamente, Noche y niebla: al igual que, en esta última, la cámara se quedaba siempre en los alrededores de los campos de exterminio, incapaz de franquear aquel umbral del horror, en la película de Lapid dos personajes viajan a la frontera entre Israel y Gaza y solo pueden atisbar, en la lejanía, el humo de la destrucción, el sonido de las bombas que caen implacables sobre la población civil. No es lo mismo, por supuesto: los barracones filmados por Resnais eran fantasmas silenciosos de un pasado reciente pero ya cerrado; los edificios lejanos de Lapid palpitan ante nuestra mirada atónita, como si se tratara de un organismo vivo aún atormentado por el fuego. Yo creo que es esa diferencia la que hace que Yes! sea como es: no muestra la impotencia del lenguaje, ni siquiera la búsqueda de uno nuevo capaz de retratar ese horror, sino que se dedica a lacerar, a maltratar la imagen con el fin de dar a ver las heridas y la sangre que, inevitablemente, están supurando de ella aunque a primera vista no las estemos viendo. Y supuran en tiempo real.

Yes! no es una sátira, no recurre a lo grotesco para hablar de Gaza. De hecho, no se sabe muy bien si habla de Gaza o de lo que Gaza significa. Es un film confuso, que tiembla y se agita, que se autodestruye a cada minuto, como la propia identidad judía. Y por ello puede dar lugar a algún que otro equívoco: decir, por ejemplo, que se mira el propio ombligo cuando el ombligo importante es el de los gazatíes. No se trata de eso, ni mucho menos. Se puede acusar a Lapid de no pensar según los estándares que aplicamos al asunto, de no elaborar una reflexión política. Pero eso es porque su película ni ‘elabora’ ni ‘reflexiona’, lo cual no quiere decir que no sea ‘política’. Lo suyo es el grito, el insulto. Al principio, sin que venga a cuento, la cámara filma un libro de ilustraciones de Georg Grosz: por ahí van los tiros. Lapid no propone una protesta articulada, sino que se limita a enseñar los monstruos que nacen de esa desarticulación. ¿Y acaso no estamos hablando de eso? Cuando su protagonista, un músico que acepta una propuesta del régimen para componer una canción que celebre la represión, se mueve compulsivamente y recurre a la mueca se está desautorizando como persona y como artista, igual que el propio Lapid. Yes! es un film que el cineasta ha concebido en contra de sí mismo, consciente de que solo ese suicidio estético puede dejar el espacio necesario para que surja lo nuevo: el humo o la niebla del último plano, de donde deben salir las nuevas imágenes, incluso una compasión y una piedad que no están en la película porque todavía, por el momento, no son posibles. Por ahora, lo único posible es la rabia: contra nosotros mismos, contra la idea de dios –cualquier dios, cualquier fe– contra el estado de las cosas. En el fondo, el film narra en tres tiempos un itinerario hacia el horror del vacío interior: un presente histérico, un pasado que ni siquiera se puede añorar, un futuro sin futuro. Pero no estamos ante una película pesimista o desesperanzada, pues desde el momento en que se toca fondo y se acepta el abismo, ya no se puede caer más bajo y solo queda regresar a la superficie. Como se ha podido comprobar en esta sección oficial de Seminci, los nuevos lenguajes del cine –¿nuevos?– se construyen en torno al vacío, a los vacíos que deja la imagen que desaparece. Y quizá no haya mayor despropósito que convertir Gaza en un musical siniestro, como hace Lapid, pero puede que esa atrocidad moral se convierta a su vez en la única posibilidad de acceso a una cierta regeneración.