Carlos Losilla

He aquí otra película de fantasmas para alimentar la sección oficial de este año, un ejercicio de estilo que empieza como un documental y termina como un film fantástico, una de las especialidades del director Gianfranco Rosi. En Sotto le nuvole se trata de acercarse a la región de Nápoles y alrededores, incluyendo Pompeya, y hacerlo a partir de algunos ‘personajes’ que aparecen y reaparecen dando forma a una estructura itinerante a veces sugerente, a veces un tanto mecánica. Por supuesto, la intención es mirar el territorio no solo en su realidad más inmediata, sino también en sus diferentes estratos temporales. Una desvencijada sala en la que se proyectan –diríase que por sí solos– fragmentos de películas relacionadas con la cuestión, del Viaggio in Italia (1953) de Rossellini a Los últimos días de Pompeya (1908) de Luigi Maggi, actúa a modo de metáfora del cine como memoria que también desaparece, mientras que la centralita de los bomberos nos acerca a la realidad más cotidiana de la gente corriente, de la soledad urbana a la agresión sexual. En medio, el espectador debe formar un espacio imaginario en el que tome forma un tiempo sin tiempo, Nápoles como territorio mental  en el que todo se confunde: pasado y presente, mito y realidad, arte y vida.

Como concepto, pues, la película es irreprochable. Cuando se centra en algunos otros personajes indudablemente metafóricos, o directamente concebidos para hacer explícita esa fantasmagoría, la cosa se complica. La conservadora del Museo Arqueológico que habla de un tiempo confundido mientras nos introduce en una sala en la que diversos materiales arquitectónicos o escultóricos de la Antigüedad se amontonan sin orden ni concierto, o el tipo que le cuenta por teléfono a su pareja su experiencia en Ucrania, dejan demasiado claro que Sotto le nuvole pretende abarcarlo TODO, erigirse en una mezcla de mirada observacional y reflexión poética que transcurra entre el mundo antiguo y al actualidad bélica de una civilización que termina. En ocasiones, este objetivo un tanto quimérico encuentra una imagen o serie de imágenes que logran representarlo: la nebulosa del título, el humo del volcán, se convierten así en emotivos compendios de lo que Rosi busca y quiere ‘decir’. Otras veces, sin embargo, la sucesión de fragmentos –de los bomberos al museo, del museo al volcán, del profesor de humanidades a todo lo demás– apenas deja aire para que respire la mirada, compacta de tal modo la imagen que se hace demasiado visible su lado más esteticista y un tanto impostado. En esta sección oficial de Seminci dominada por la figura del fantasma –en el fondo un vacío en sí mismo– convocar demasiadas presencias convierte la totalidad en algo más rígido de lo que quizá convendría.