Carlos Losilla
Aún no he tenido tiempo de digerir la última película de Christian Petzold cuando llega otra que no sé si le disputa el lugar de honor que ya ocupa entre lo mejor de la Sección Oficial, pero que en cualquier caso sí exige compartirlo, por supuesto desde una perspectiva muy distinta. O quizá no. Veamos. Es cierto que La noche está marchándose ya, el film argentino de Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini –este último coeditor de la revista de cine La vida útil: si no han leído todavía ningún número, corran a por un ejemplar– es un film marcado por la urgencia, pero ¿qué gran película no lo es? Y es verdad también que, al contrario que la elegante miniatura de Petzold, aquí se trata más bien de filmar directamente el presente, la crisis económica y política que ha supuesto la llegada de Javier Milei y sus secuaces a la presidencia de Argentina, a través de una trama mínima relacionada con el cine. Cuando el proyeccionista de un cine club municipal es reconvertido en guardia de seguridad nocturno por culpa de la situación financiera de la institución, aprovechará para ‘vivir en el cine’, como siempre había deseado. O por lo menos eso es lo que le dice una amiga, matizando el significado de aquella vieja aspiración cinéfila: cuando se vea obligado a abandonar su casa por no poder pagar el alquiler, trasladará su ‘vivienda’ a las instalaciones del cine club y alojará allí también a los amigos que viven en la calle.
Pero no teman. No es esta una película lacrimógena. Tampoco una oda nostálgica a la cinefilia. Los directores filman el espacio de la sala y alrededores en un difuso blanco y negro, primero como un laberinto que se parece a los decorados de las películas hollywoodienses de los años 30 y 40, luego como el lugar de la solidaridad y la convivencia, de la alegría improvisada que procede del cine y se instala en la vida o viceversa. A través de fragmentos de films de Frank Borzage, entre otros, se celebra el cine como reflejo ficcional de lo real –la Gran Depresión de los años 30 se parece a nuestro tiempo– y la fantasía como un modo de escapar a la miseria, pero también de combatirla: el poder siempre crea una ‘realidad’ en apariencia inexpugnable que, sin embargo, no es capaz de entender otros lenguajes. En este sentido, un discurso de Lincoln recitado por Charles Laughton en Nobleza obliga (1933), de Leo McCarey, sirve de emocionada referencia a la pervivencia de la democracia incluso en las circunstancias más difíciles. Y una escena de He nacido, pero… (1932), de Yasujiro Ozu, da lugar a un subversivo concierto de pedos en la sala ocupada como acto irresistiblemente dadaísta. Hay espacio también para Robert Bresson en esos planos de manos que se pasan billetes –la obsesión por el dinero, por la economía entendida como el mal de nuestro tiempo–, así como en la impasibilidad interpretativa del protagonista, pero no sigamos, no es este un film de citas estériles. Poco a poco, La noche está marchándose ya –un verso de una canción de José Luis Perales– deja claro que en su centro hay un vacío, una ‘falta’ que ahora remite tanto al cine como al ‘pueblo’ (que decía Deleuze) y a la resistencia política, e incluso al modo en que pueden aliarse: creando imágenes nuevas capaces de construir un imaginario colectivo alternativo al que ahora domina, lo que fue siempre la obsesión del cine.











