Carlos Losilla
La demostración definitiva de que Christian Petzold es un cineasta conceptual –que en este caso quiere decir lo mismo que vocacionalmente narrativo–, Miroirs No. 3 parece que se titula así por una pieza musical de Maurice Ravel, pero en el fondo tal denominación responde a la voluntad de concebir su propia filmografía como una serie de variaciones en torno a unos pocos temas, tratados desde un puñado de formas igualmente limitadas. Como ocurre en algunos de sus trabajos anteriores –Gespenster (2005) o Phoenix (2014) dan fe de ello– este es un film de fantasmas, de revenants que vuelven para enfrentarse a otro universo muy distinto al que conocían. Como en otros –quizá los mismos o quizá su ciclo con la actriz Paula Beer, que por ahora culmina aquí–, una mujer está en el centro de todo, dispuesta además a desdoblarse e incluso multiplicarse. Y como en todos ellos, una trama aparentemente ligera da lugar a un desbordamiento del sentido que la convierte en muchas cosas más, entre ellas una parábola de nuestro tiempo, también el suyo. No en vano el punto de partida es un cuento de los hermanos Grimm. Y no en vano, además, el cine clásico de Hollywood está en el origen, como si aquellas ficciones no pudieran dejar de habitar el subsuelo de determinado cine contemporáneo.
No en vano el personaje principal del film de Petzold se llama Laura (Beer, espléndida como siempre), como la protagonista del clásico de Otto Preminger de 1944. Y no en vano, como en este último, se trata de una mujer que ‘regresa’ para frustrar las expectativas de otro personaje, alguien que no la ve tal como es sino como querría que fuera. En la película de Preminger era un detective quien soñaba con un ideal femenino a partir de un cuadro. En la de Petzold, hablamos de otra mujer que ve en Laura a un ser querido ausente. Y no diré más, pues lo que importa en Miroirs No. 3 es la manera en que Petzold juega con ese esquema para convertirlo a la vez en una réplica y en una variante: Laura y su ‘familia de acogida’, tras la muerte de su novio en un dudoso accidente, son los personajes de una fábula que los alberga como si fueran marionetas en busca de una vida verdadera que no saben muy bien dónde está, que ‘falta’ en esa otra vida que llevan. De alguna manera, Petzold es uno de los más políticos de los cineastas actuales, habla de la estructuras capitalistas mínimas –la pareja, la familia– entendidas como simulacros de algo que debería ser pero no es. Y el que comprime todo eso en construcciones cinematográficas cada vez más austeras y depuradas, donde cada plano vale por lo que vale pero también por mucho más, y donde la utilización de la música y de la elipsis estiliza sin llegar jamás al amaneramiento, juega con la presencia y el vacío diseñando figuras intermedias imaginarias donde acaba teniendo lugar el verdadero relato. Miroirs No. 3, por si fuera poco, utiliza además una canción de Frankie Vallie que ya aparecía en Diarios de Otsoga, de Miguel Gomes y Maureen Fazendeiro –¿homenaje, cita, casualidad?– como leitmotiv obsesivo y como recordatorio de que estamos en un universo donde impera la ficción, la repetición, la circularidad. Y culmina, para terminar, con algunos de los planos finales más precisos y hermosos del cine reciente, que forman a su vez un momento irrepetible, un pequeño ballet visual de ausencias y vacíos que lo dice todo sin decir nada. Esta es sin duda –si quieren creer a este crítico, un tanto exhausto ya a estas alturas del festival– la mejor película vista en la sección oficial de Seminci hasta el momento. Con el permiso de Kelly Reichardt, claro está.











