Felipe Gómez Pinto
Entender la escritura diarística como la crónica de una consciencia íntima, como el registro circunstanciado de una vida que se interroga incisivamente en búsqueda de la verdad, puede acarrear múltiples problemas, sobre todo si se espera encontrar altos porcentajes de realidad. Esta obviedad, instalada en casi cualquier intento de ‘película-diario’, se difumina en el cuestionamiento del estatuto testimonial y factual que Aleksandr Sokúrov hace de su propio discurso. La premisa formal se mantiene homogénea a lo largo de sus cinco horas, hallando el diálogo más que la confrontación entre el eje temporal (que va 1957 hasta 1991) y el material de archivo de propaganda soviética. Esta dislocación de la cronología histórica y personal se apoyará en que la Historia, entendida como una contingencia desprovista de sentido prefijado o exógeno, puede ser leída como un texto de lo real y de esa forma hacer presente lo que ya sucedió. Cuando esos instantes del pasado forman una constelación con el presente, cuando se genera una imagen dialéctica que permite iluminar lo ya acontecido, el devenir actual renueva su potencia y se reconoce en las estructuras del futuro.
Estructuras en las que se identifica un signo íntimo y moral y en las que el relato va rebotando entre la exacerbada confección de una identidad soviética de la época de Kruschev (1953-1964) o Brézhnev (1964-1982) y la opresión hacia los distintos alzamientos independentistas dentro de la URSS. Inevitablemente, el recorrido es simultaneidad pura. Se atraviesa la Revolución húngara (1956), la Primavera de Praga (1968); la controvertida consolidación del Estado de Israel y su devenir totalitario, la confección de un nuevo Estado iraquí, argelino, iraní y afgano; la Revolución Cultural china (1966-1976) e incluso el germen del actual genocidio en Palestina. Sin embargo, tal y como pasaba en Russia 1985-1999: TraumaZone (Adam Curtis, 2022), el paso del tiempo socava la experiencia crítica y transformadora que pueda albergar el diario, haciendo que los eventos políticos, culturales y científicos sean igual de triviales que los personales. Consciente de esta problemática, Sokúrov delimita su mirada en lo previsible (conflictos internacionales insalvables fruto de la Guerra Fría) y en el absurdo (como demuestra sus excéntricas efemérides hacia figuras de la cultura popular). Y lo hace porque en esas actualizaciones excéntricas se localiza el preludio y la reformulación de un presente tan inconcluso como revolucionario.











