Carlos Losilla

Esta es una película que deja huella, para bien y para mal. Por mi parte, les puedo decir que desde que la vi no puedo dejar de pensar en ella. Y no se trata de un flechazo, no es porque me fascinara o arrebatara. Al contrario, al verla sentí un malestar que todavía me dura, pero no un malestar de los que luego nos acordamos con benevolencia, de los que poco a poco reconfortan porque nos enseñan algo, sino un malestar genuino, un mal-estar de los que nos hacen estar-mal. Y de los que nos cambian el pensamiento, incluso el gusto: al ver Resurrección, sentí un rechazo –por sus formas excesivas, por sus desbordamientos narrativos– que a la mañana siguiente se atenuó, provocando así una cierta reconciliación con lo que había visto. Pues no se trata de que el último largometraje de Bi Gan sea una buena o una mala película. Se trata de que nos afecte o no como artefacto cultural. Y a mí –lo confieso– me afecta sin gustarme. Esta historia mutante que no se puede contar (tanto Àngel Quintana como Carlos F. Heredero, a su paso por Cannes, lo hicieron muchísimo mejor de lo que pudiera hacerlo yo ahora), que incluye diversas historias en sí misma, que habla de los sueños y del cine, de su poder de destrucción pero también de salvación, es a la vez sublime y cursi, elegante y un tanto kitsch. Observa el cine desde una perspectiva intolerablemente romántica, pero también lo celebra como algo turbio y violento que, no obstante, es capaz de ver el mundo con la mayor de las ternuras. En este sentido, la película de Bi Gan transita del cine negro a la fantasía vampírica, de la oscuridad de la noche a la luz del amanecer, transfigurándose por el camino en otras muchas cosas más.

En consecuencia, si existe en el cine de ahora un film mutante ese es Resurrection. Podemos hablar –como lo hicimos desde Sitges– de Reflet dans un diamant noir, de Hélène Cattet y Bruno Forzani, o de Bulk, de Ben Wheatley, como filmes que se transforman a sí mismos incesantemente, que nunca son lo que parecen, como también sucede con el extraordinario Dracula de Radu Jude. Pero Resurrection es otra cosa, lo cual no quiere decir mejor. Resurrection no solo cambia, sino que nos cambia. Tiene un poder mágico, como la niña que adivina cartas por su olor, y también diabólico, como el demonio inmortal que canta en el karaoke de la última escena. Es una película de la que emana cine, por mucho que no sea el cine que nos gusta. Sus problemas se pueden convertir rápidamente en virtudes y viceversa: sus dificultades para darse a entender, su barroquismo exagerado y exhibicionista –ya presentes en Largo viaje hacia la noche, el largo anterior de Bi Gan–, incluso la manera en que ni siquiera sabe ensamblar las diferentes historias que nos cuenta, son su razón de ser, su esencia, por lo que no se le puede acusar de incoherencia o dispersión. Al contrario, es un film que convierte su incoherencia y su dispersión en manual de estética, en dispositivo formal. ¿Qué hacer, entonces? Solo una cosa: conjurar ese demonio, exorcizarlo. Y decir que ese impudor, esa incontinencia, no tienen nada que ver con el cine, son otra cosa. Pero es que quizá se trate de eso, de que el cine ya es ‘otra cosa’. Resurrection no es una película para ver, sino para dejarse arrastrar por ese gran vacío del exceso que la llena y quizá no regresar. Yo, por cierto, no me he atrevido.