Nacho Álvarez
En enero, el documental Infiltrats (Gemma Garcia Fàbrega, Sònia Calvó Carrió, 2025) expuso los mecanismos sistemáticos de infiltración de miembros de la policía en los movimientos independentistas catalanes, en respuesta al escandaloso goteo de casos que se han ido haciendo públicos desde 2022. En paralelo, las dos películas estrenadas en el lapso de un año ancladas al contexto de ETA dan cuenta de la popularidad que las infiltraciones han ganado también en la ficción. El regreso de Agustín Díaz Yanes a la gran pantalla, estrenado en Sección Oficial fuera de concurso, vuelve a inspirarse en un episodio de la Historia española, tomando esta vez como protagonista a una agente de la policía que trabajó encubierta dentro de la banda durante más de 10 años. Así, Un fantasma en la batalla se aleja del planteamiento en forma de thriller del que La infiltrada (2024) hizo bandera, para optar por un acercamiento en clave dramática más solemne, que, sin embargo, no logra ahondar con excesiva profundidad en sus personajes. Solo el de Iraia Elias, que interpreta a una militante de la banda cuyo marido está en la cárcel, goza de cierta ambigüedad y empatía en su construcción.
No obstante, al igual que ocurría con la ganadora del Goya a mejor película, la discusión no reside quizás en la efectividad de la propuesta, sino en las consecuencias de cierta instrumentalización de la Historia en favor de un relato único plagado de arquetipos que perpetúan con demasiada frecuencia la dicotomía asesino-salvador. Edulcorado en este caso con imágenes de archivo que emergen en el metraje, el País Vasco vuelve a filmarse como un escenario expropiado de sí mismo sobre el que edificar una aventura ficcional a toda costa, arrojando una mirada que protege una vez más a las fuerzas del orden frente a la opinión pública y romantiza las infiltraciones policiales como género cinematográfico. Una película que, en definitiva, contribuye a engrosar las filas de aquellas obras que rehúyen explorar las heridas abiertas, la reconciliación y la dimensión humana de los conflictos políticos, privilegiando el relato por encima de cualquier revisionismo histórico.











