Sobre confinamientos y rupturas
Dentro de la producción y de la trayectoria de Moriarti, ¿dónde se encuentra el germen de esta historia?
José Mari Goenaga: Pues se remonta a 2016, lo que pasa es que luego no la escribí hasta 2020, durante el confinamiento. Aunque funcionamos como grupo, es verdad que cada uno tenemos nuestras propias obsesiones. Por ejemplo, Marco (2024) es muy de Jon Garaño, por así decirlo. A él le gusta reflexionar a propósito de cómo se generan las historias, sobre la frontera entre la realidad y la ficción. Y en este caso, esa fijación con el encierro o con no mostrarse, nace más de mí. Lo que pasa es que todo confluye en un trabajo común y no sabes dónde acaban tus obsesiones y dónde empiezan las del otro.
El confinamiento está presente en la película a través de los propios acontecimientos que se narran y también en el hecho de que el protagonista decida confinarse, ocultando su identidad sexual como ya hizo durante años en el pasado.
J. M. G.: Escribí una primera versión, y se empezó a levantar la financiación a la vez que Aitor y Jon estaban dirigiendo Marco. Es una historia bastante personal, yo me veo reflejado en el personaje de Vicente, ahí hay mucho mío. Obviamente, cuando pasas a la fase de dirección se comenta todo. Cuando surgió esta idea no estaba previsto que hubiera un confinamiento, ni que este entrara en la historia. Durante este periodo se estrenó en plataformas La trinchera infinita (2019), y muchos espectadores le dieron un sentido muy pegado a lo que estábamos viviendo, y, a la vez, yo estaba escribiendo el tratamiento de Maspalomas. De una manera muy orgánica me salió meter esto en la historia, reflexionar sobre el confinamiento psicológico que afecta al personaje, pero también sobre cómo este confinamiento se convierte en algo general que afecta a todo el mundo.
Trabajan siempre con el director de fotografía Javier Agirre Erauso; en este caso su labor consiste en llevar la película desde un punto muy luminoso a una parte central más brumosa y con claroscuros.
Aitor Arregi: El gran debate en el apartado visual fue si hacíamos la película en digital o en 35 mm. Al final fue en 35, pero tras debatir mucho y hacer muchas pruebas, rodar el mismo plano varias veces y ver qué ganaba o qué perdía. Rodar en cine, además de ser más caro, genera más riesgos y más incomodidades que hacerlo en digital. Las dudas estaban. Pero pensamos que al ser una película que tiene dos mundos o dos estados mentales, uno más crudo y real y el otro más evocador, nos parecía que el 35 podía aportar mucho. En los paisajes de Maspalomas, el espacio en sí ya era muy potente, y esto iba a dar un plus. Pero ¿qué plus iba a dar en el otro 80% de película que transcurre dentro de la residencia? Al final esto es debatir y debatir. En la residencia pensamos que nos iba a ayudar a restar un poco de feísmo clínico, y creo que es así. Haberla hecho en cine ayuda a contrastar dos mundos. La propuesta visual se consolidó a partir de esta decisión.
J. M. G.: Al final el celuloide te permite en postproducción sacar más detalles, jugar con los parámetros, como en esa playa repleta de colorido. Muchas veces, cuando hemos rodado en digital, luego lo que hemos intentado es acercarlo al celuloide, y todo el esfuerzo de la posproducción se va en eso. Y el material rodado en digital no deja jugar tanto con la textura o los colores.
La película comienza de una forma radical y distinta del resto del relato, tanto a nivel formal como por el tema que trata y cómo lo hace, pero también rompe con vuestra forma habitual de puesta en escena.
A. A.: El comienzo ya estaba así en el guion y era de lo que más me gustaba. Era brutal y era una ruptura con lo que habíamos hecho hasta ahora. Tenía algo que a mí me encanta como espectador en una película que es el descubrimiento de un mundo. Es una de las cosas más bonitas que te puede dar el cine. Los primeros planos podían ser de una película de ciencia ficción que transcurre en otro planeta, hasta que la cosa va cogiendo forma. Luego está la parte centrada en la fiesta Pride de noviembre, que es meterte en un jaleo real que existe, y eso nos motivó un montón. Es una aventura a la hora de filmar y te da mucha realidad. Tanto eso como distintas escenas que se ven en la isla, nos hacían sentir muy cerca de la verdad. Eso me motivaba, y me parecía interesante comenzar con algo que iba a convertirse en otra cosa muy distinta.
J. M. G.: Para nosotros el aspecto más antropológico, o mostrar Maspalomas con un interés antropológico, estaba ahí. También el tema de las pieles, los cuerpos y el sexo, era importante mostrar el sexo en un personaje que luego va a basar su conflicto interno en eso. En este sentido, para nosotros fue un referente El desconocido del lago y, en algún momento, se habló de Beau Travail. Pero al final buscamos lo que para la historia era importante, que era mostrar esa carnalidad y esa sexualidad. Y que ese mundo permanezca en la memoria del espectador a lo largo de toda la segunda parte. El contraste tenía que ser fuerte, para que ese comienzo resuene en la otra parte.
Supongo que esto acabó condicionando el planteamiento de la puesta en escena.
A. A.: El reto en este caso era que la estructura transitara por distintos momentos, que pasáramos por el desconcierto del espectador, de un cuarto oscuro en Maspalomas al despacho de una directora de una residencia. La quietud que viene luego, el apabulle de conocer a un nuevo compañero, sentirse fuera de lugar… Intentamos aplicar lo que siente el personaje a la propia puesta en escena. Es una apuesta muy cercana a la psicología de Vicente, el protagonista.
J. M. G.: Antes de planificar, marcamos quince fases en la evolución de Vicente, e intentamos hacer algo que estuviera muy pegado a ellas.
El film se transforma, pero sus miradas acompañan en todo momento la mirada de este personaje, que a su vez también cambia de una manera abrupta.
J. M. G.: José Ramón Soroiz era la piedra angular de la película. Es un guion escrito desde su punto de vista, no nos separamos de él en ningún momento. Tuvimos claro que queríamos que fuera él, nos gusta mucho y en el País Vasco es bastante conocido, sobre todo, por las series de televisión que ha hecho. Ha tenido series que han hecho que haya perdurado durante décadas su fama. Sabíamos que con este papel le proponíamos algo muy diferente, que le iba a obligar a enfrentarse a escenas y situaciones nuevas para él. Al principio le preocupaba, sobre todo desde el punto de vista físico. Más que por las escenas sexuales en sí, por mostrarse él físicamente. Fue algo que fuimos trabajando durante un año. Por primera vez en nuestra carrera, hemos contado con coordinadoras de intimidad que nos han ayudado mucho. Es lógico que, si cuentas con coordinadores de peleas para garantizar la seguridad de los actores, lo hagas para garantizar además su tranquilidad y comodidad. Pese a que nosotros hablábamos mucho con él, al final las escenas se compartían con las coordinadoras de intimidad y ellas lo hablaban todo con el propio José Ramón. Se fijaba cómo se iba a hacer, y llegabas al rodaje con todo muy claro. Y en lo psicológico José Ramón estuvo muy seguro desde el principio. Fue importante para él visitar Maspalomas, de allí volvió con más seguridad. Ha sido un trabajo de crear en torno a él un espacio de seguridad y de confianza. A la mayoría de las actrices y actores con los que ha trabajado ya los conocía, con Nagore Aramburu tiene confianza desde hace muchísimos años, con todos tiene mucha química y eso se ha transmitido en pantalla.
Una vez que estuvo completo el proceso de escritura, ¿cómo repartieron el trabajo de dirección y puesta en escena?
A. A.: A lo largo de estos años, en cuanto a dirección, ha habido combinaciones entre José Mari, Jon y yo de todos los tipos. Y los roles han ido variando. Al principio, decíamos que Jon tenía un perfil más técnico, y que José Mari y yo tendíamos a trabajar más con los actores, pero no ha sido siempre exactamente así. De alguna manera, las funciones se han ido mimetizando. En el caso de Maspalomas, durante el proceso decidimos que yo me pondría más con los actores y José Mari se ponía más con la parte técnica. Pero yo creo que los actores ni lo notaron. Es una especie de ordenamiento que te haces tú para saber cómo funcionar. Es una forma de trabajar que se ha ido metabolizando. No empiezas de cero, pero en cada caso ves las características del proyecto y de los actores. Con José Ramón Soroiz yo no había trabajado nunca, y José Mari ya lo había dirigido en un breve papel en Loreak (2014), al final es psicología.
J. M. G.: Con los actores es mucho de psicología, y de saber explicar. Y la comunicación fluye mejor a veces con uno que con otro. En el rodaje nos repartimos los roles. Aitor a lo mejor dirige la secuencia y yo entro una vez que él ha conseguido lo que quiere. Pero previamente, en los ensayos y en la planificación, porque la película va muy planificada a rodaje, estamos los dos.
A. A.: Todo esto viene de En 80 días (2010), porque decidisteis que cada uno se debía vincular a una cosa, y se ha derivado un poco de ahí. Nosotros, internamente, lo tenemos muy claro y el equipo no percibe esa diferencia.
Maspalomas aparenta ser un cambio de rumbo respecto a su anterior producción, Marco. ¿Cómo encaja esta película en la trayectoria de su productora?
J. M. G.: Realmente tiene cosas en común con otras películas nuestras. En la forma y en factores más superficiales, como el idiomático o por ser un drama intimista, se puede acercar más a nuestras dos primeras obras a En 80 días y a Loreak. También tiene en común cosas con La trinchera infinita, que, obviamente, era la crónica de algo que ocurrió en España, pero también funcionaba a nivel metafórico y simbólico, para hablar de esos miedos que tenemos todos a salir o a cambiar. En ese sentido, Maspalomas, es un caso real de eso que simbolizaba La trinchera infinita. Son dos personas que no se atreven a mostrarse como son.
A. A.: Con Marco sí hay puntos en común, al final se trata de un personaje que no se atreve a mirarse en el espejo. Son personas que dan un patadón y deciden seguir para adelante. Durante el proceso de Maspalomas no lo pensaba, pero hay puntos en común. Quizá se deba a que pasamos mucho tiempo debatiendo, y sobre la mesa siempre están los temas que comentaba antes José Mari.
Entrevista realizada por videollamada, Madrid-San Sebastián-Venecia,
el 4 de septiembre de 2025.
Fernando Bernal








