Alain Guiraudie es de esos cineastas que se dedican a acotar un espacio para observarlo a fondo, antes que mirar el mundo como una realidad inabarcable. Sus películas suelen centrarse en una parte de Francia, en su tierra natal, en Occitania, y desde allí se proyectan hacia lugares desconocidos, hacia un misterio que nunca se define. En Misericordia, basada en su propia novela, Rabelaire, uno de los personajes regresa al pueblo en el que ejerció como ayudante del panadero para asistir al entierro de este y, a partir de ahí, se ve envuelto en un extraño asunto en el que a la vez están implicados varios habitantes del lugar: no solo la viuda, que parece tenerle especial cariño, sino también el hijo de esta, que no comparte precisamente esa debilidad, y un antiguo amigo ahora entregado a la molicie, el extraño cura del lugar, dos agentes de policía… Misericordia podría ser un thriller rural al estilo de Claude Chabrol, pero digamos que se acerca más al Buñuel transparente pero engañoso de Viridiana o Tristana: la historia que explica no se aparta un ápice del realismo, y sin embargo niega la realidad representada para envolverla en una atmósfera extraña, inquietante, cercana al cuento o la fábula. El bosque en el que transcurre buena parte del film parece un lugar abstracto construido fragmentariamente, mediante planos que lo delimitan pero también lo abren a múltiples interpretaciones, igual que la línea de árboles que lo componen siempre parece ocultar algo. La casa de la viuda, así como la habitación en la que se instala el protagonista, es un espacio laberíntico que nunca se muestra en su totalidad. Y el propio personaje, atrapado en ese clima obsesivo, no puede hacer otra cosa que deambular por esos espacios como si no pudiera escapar a ellos, como si estuviera condenado a recorrerlos de por vida.
En este microcosmos agobiante, en el que acaba desarrollándose una comedia de enredo con ribetes más bien sombríos, Guiraudie introduce varias cuestiones en apariencia trascendentales, que en sus manos acaban construyendo una metafísica sutil y absurda: el deseo conduce a la noche que a su vez lleva a la muerte. Y esos tres temas, entrelazados en un rondó de estructura perfecta pero lleno de puntos de fuga, dan lugar a una tela de araña que se contradice con la limpieza de los planos: el mundo es un lugar en apariencia sencillo en el que todo conspira para complicarnos la vida. Sin embargo, la misericordia, entendida como canalización del deseo para recomponer el orden perdido, es capaz de ofrecer siempre un consuelo. Puede que el protagonista acabe atrapado en el pueblo, pero también alcanza una cierta paz interior. La felicidad consiste en ese equilibrio entre la aceptación de la muerte y el desbordamiento de la vida. Y Guiraudie contiene el alud de sensaciones resultante mediante una puesta en escena que oscila entre el racionalismo cartesiano y su opuesto, la supuesta realidad vista como abismo hacia lo desconocido. En su precario, fascinante equilibrio entre circunspección y delirio, Misericordia lleva el cine contemporáneo hacia sus propios límites. Sin duda, uno de los films clave de los últimos años.
Carlos Losilla











