Primer largometraje de Agathe Riedinger, Diamante en bruto se nos aparece como el último eslabón de una tradición cinematográfica francesa que quizá podría empezar en Los cuatrocientos golpes (1959), la ópera prima de François Truffaut, aunque puede que lo haga mucho antes. Pues no otra cosa pretende su autora contando la historia de una adolescente inadaptada, perdida en sus fantasías, cuyo camino hacia la liberación es aún más ambiguo y, por supuesto, todavía proporciona menos certezas que las del personaje que interpretaba Jean-Pierre Léaud. Liane (magnífica Malou Khebizi, entregada en cuerpo y alma) también procede de una familia desestructurada, vive en un ambiente que no puede soportar y se escapa de todo ello a través del deseo de otra vida. Pero mientras el jovencito imaginado por Truffaut dedicaba un altar a Balzac y se evadía en las salas de cine, la criatura de Riedinger –signo de los tiempos– se mueve como pez en el agua en las redes sociales y sueña con convertirse en influencer, algo que ve al alcance de su mano cuando un programa de telerrealidad le plantea la posibilidad de ficharla.
La mayor virtud del film de Riedinger consiste en que nunca se dedica a juzgar a Liane, jamás se sitúa por encima de sus sueños y aspiraciones. Hay escenas puramente exhibicionistas, desde la perspectiva de la chica y del propio film, pero también otras, sobre todo en la segunda mitad, que suponen sucesivos jalones en el viaje de Liane hacia el centro de sus deseos, que terminan convirtiéndose en obsesiones. Y es en ese espacio de la pesadilla, en el que se entrecruzan el anhelo infantil y un entorno desbordante y agresivo, donde tienen lugar los mejores momentos de Diamante en bruto: un robo en unos grandes almacenes que casi envía a la chica a la cárcel, una escena en una fiesta donde unos cuantos machos depredadores la tratan como a una prostituta… La película es desigual, a veces incluso está a punto de caer en el abismo de la autocomplacencia. Y hay momentos en los que no sabemos si Riedinger presenta a su protagonista como una víctima de las circunstancias o una hortera sin remisión. Pero da lo mismo, en el fondo, pues lo que importa es otra cosa: más allá de sus delirios consumistas, de una filosofía vital que entronca con el capitalismo salvaje contra el que dice rebelarse, Liane es una mujer en constante estado de rebelión, por mucho que no sepa hacia dónde dirigir su ira. Además de coincidir con Truffaut, quizá Diamante en bruto también constituya una versión hiperrealista y exaltada –esos colores saturados, esa cámara nerviosa– del bullicioso universo juvenil que imaginó Nicholas Ray. Salvando todas las distancias, por supuesto.
Carlos Losilla











