La forma actual del terror
La 59ª edición del Festival de Sitges parece haber traído consigo una promesa de futuro gracias a títulos que se alejan de aquella tendencia que en la última década, más o menos, ha defendido de manera acérrima un tipo de terror que aspiraba a un discurso supuestamente más ‘elevado’ que su forma. Esto es algo de lo que parece pecar la gran ganadora de la edición: Sanguine, de Marion Le Corroller, con su instrumentalización del body horror para plantear una crítica del trabajo en la era del tardocapitalismo sin antes pasar por una reflexión sobre lo que el propio subgénero le proporciona para ello. En contraste, este año hemos presenciado un cierto retorno a las raíces en diversas secciones de la programación: películas que demuestran un interés por preguntarse cuál es la forma del género hoy y cómo, desde ese lugar, es posible construir discursos en lugar de imponerlos.
Quizás una de las películas que con mayor acierto ilustra esta inclinación sea What Happened to Doris?, en la que Nick Simon recupera la historia real que ya narró Sidney J. Furie en El ente (1982) ahondando en el papel de lo formulaico dentro del género. La escenificación del relato de fantasmas o la casa encantada en el cine estadounidense tiene dos indudables referentes, Tobe Hooper y James Wan, que en sus respectivas décadas (los 80 y los 2010) confeccionaron una aproximación concreta que jugaba con recursos como el movimiento inesperado del mobiliario de la casa, las interferencias con los aparatos electrónicos, los planos generales que escondían manifestaciones sobrenaturales en los fondos o los largos paneos que encapsulaban lo terrorífico de aquello que no se ve. Simon recupera el relato de una mujer perseguida y violada por un ente fantasmal apropiándose de unos códigos reconocibles que continúan siendo efectivos.
Una predilección por lo artesanal que también recorre la película de Simon encuentra sus mayores exponentes en Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma, de Jane Schoenbrun (a la que dedicamos un maravilloso bloque en el número de noviembre) y The Face of Horror. Anna Biller se apropia de la estética del terror gótico de los años 60 (de la Hammer Film Productions a la American International Pictures) para narrar un relato de venganza femenina que mezcla el folclore japonés (Yotsuya Kaidan) con los códigos de la sociedad inglesa de la Edad Media. Un ejercicio de posmodernidad que, no obstante, retiene lo clásico en su núcleo, de la misma manera que Schoenbrun crea una nueva forma de terror trans partiendo de los cines que alimentan su concepción del género.
Incluso un cineasta tan reconocible en su estilo como Kiyoshi Kurosawa plantea un interesante ejercicio en El samurái y el prisionero. A pesar de que la película va desvelando poco a poco componentes del universo creativo del director japonés (el malestar colectivo que se extiende en una pequeña comunidad, la angustia del detective que va desgranando un misterio o la muerte como telón de fondo del drama), su primera incursión en el cine de samuráis no podría resultar más mimética. De nuevo el resultado es un relato que se expande fuera del sello autoral de Kurosawa para ahondar en los códigos de un género clásico al que se han acercado con la misma predisposición otros creadores como Takashi Miike en 13 asesinos (2010) o Hara-kiri: muerte de un samurái (2011).
También al igual que Biller y Kurosawa, Adam Wingard es un cineasta de códigos, cuya obra ha transitado con maestría el kaiju o la home invasion afilando las convenciones de los respectivos subgéneros sin tratar de subvertirlos. Algo similar ocurre en Aniquilación, cuya premisa, que alarga el interés de A24 por la distopía militarista y parece invocar un abanico de referentes, acaba conduciendo el relato en el acto final a una home invasion arquetípica que conecta brillantemente con la puesta en escena de Tú eres el siguiente (2011), manteniéndose fiel a sus raíces en el mumblegore incluso dentro del contexto de una superproducción de un modo similar a lo que planteaba Ti West en su trilogía junto a Mia Goth.
V/H/S/Mixtape es la novena entrega de la franquicia que también tiene sus orígenes en los gloriosos años del mumblegore y que, a pesar de las múltiples variaciones que, para bien o para mal, ha sufrido hasta la fecha, preserva un espíritu de colectividad, reuniendo voces del cine de terror (u otros medios como, en este caso, la música) y otorgándoles una plataforma donde plantear ejercicios de estilo en forma de cortometraje sin las pretensiones de desarrollo narrativo que han lastrado muchos de los largos presentes en el festival como Whalefall, Corpus o Wash Away. Una evidencia de las oportunidades que continúa ofreciendo el formato antológico, como también lo demuestra GROTESQQQUE, film que lidera Atsushi Nishigori, una de las mentes detrás de Evangelion, y que se compone de tres fragmentos que exploran libremente diferentes vías discursivas dentro del lenguaje de la animación pop.
Títulos como Imposters, de Caleb Phillips, o Sour Minnows, de Harrison Atkins recuperan en el cine indie estadounidense una puesta en escena surrealista (heredera tanto de David Lynch como del terror analógico contemporáneo) que aborda la ansiedad contemporánea recurriendo a elementos como la figura del doppelgänger, las realidades paralelas y, por supuesto, las pantallas como medio para acceder a ellas. Preocupaciones que, además, conectan a películas del presente con otras del pasado: en Buddy, Casper Kelly sigue desarrollando un estilo propio que evoca imaginarios de la cultura televisiva de los noventa en Estados Unidos y los recrea en universos DIY donde lo siniestro emerge de lo cotidiano. Por su parte, Misterio (Marcela Fernández Violante, 1979) se inserta en la industria de las telenovelas mexicanas para plantear una fusión absoluta entre la realidad de un actor y la ficción de la que no puede escapar. Una obra de hace casi cincuenta años que resulta aterradora en su contemporaneidad.
Esta mirada al pasado, que ha sido tan fructífera para muchas de las películas presentadas en el festival, encuentra un oportuno reflejo en la sección Seven Chances dedicada a la recuperación anual de clásicos restaurados, que aloja Misterio entre otros títulos. Obras como Love Massacre (Patrick Tam, 1981) o Office Killer (Cindy Sherman, 1997) representan la otra cara de la moneda: condensan en sus premisas y puesta en escena multitud de referentes, pero en lugar de adscribirse a pautas o convenciones, exhiben un gran atrevimiento y resultan únicas en sus respectivas corrientes, ya sea el nuevo cine hongkonés o el cine feminista de finales del siglo XX.
Nacho Álvarez y Daniela Urzola








