Felipe Rodríguez Torres
El cineasta francés Alain Cavalier pertenece a esa estirpe de creadores que convirtieron la cámara en una extensión orgánica de su propia existencia. Su obra reciente, lejos de la pulcritud de sus ficciones iniciales, se ha transformado en un diario íntimo filmado desde la más absoluta austeridad. Su película documental Thanks for Coming no se sitúa, desde luego, en la cima de su filmografía, pero posee una cualidad magnética y profundamente honesta: el propio Cavalier es plenamente consciente de que se ha quedado sin grandes historias que narrar, y aun así, se resiste a apagar el visor. Es la cámara como soporte vital, el acto de registrar como única forma de seguir respirando.
Esta pulsión por filmar el vacío y el bloqueo creativo establece un puente invisible pero firme con otras obras crepusculares contemporáneas. El film dialoga de manera directa con la melancolía autoral de Amarga Navidad, el último trabajo de Pedro Almodóvar, donde el director manchego se expone a sí mismo desde el dolor físico y el aislamiento, atrapado en un laberinto donde la memoria es el único refugio frente a la imposibilidad de la acción. Asimismo, esta obstinación por capturar los restos del naufragio existencial reverbera en el último acto de Ensayos para una revolución, de Pegah Aharangani: un tramo final desgarrador donde el colapso de las utopías colectivas da paso a un realismo descarnado, individual y terminal.
Cavalier no busca la belleza estética, sino la verdad del deterioro. Porque en definitiva, de lo que verdaderamente nos habla Thanks for Coming es de la inevitable decadencia del cuerpo, del peso de la vejez y de ese tiempo implacable que pasa y jamás se recupera. La cámara se detiene en los surcos de la piel, en los gestos cansados, transformando el dispositivo cinematográfico en un espejo del desgaste biológico. Como magistralmente teorizó Andréi Tarkovski, el cinematógrafo no es más que el arte de capturar el tiempo, de esculpirlo en el celuloide para arrebatarlo de la muerte. Cavalier, con las pocas fuerzas que le quedan y sin un guion que lo respalde, esculpe aquí sus propios minutos finales, entregándonos un testamento fílmico donde el cine ya no es una representación de la vida, sino la vida misma resistiéndose a desaparecer. O como dice el propio Cavalier: “Filmar para vivir. Vivir para filmar”.








