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FILMADRID: ‘Tout le monde aime le bord de la mer’, de Keina Espiñeira

9 junio, 2016

La angustia existencial de la brisa del mar (Tout le mond aime le bord de la mer, de Keina Espiñeira).
Cristina Aparicio.

Tout le monde aime le bord de la mer

En el poema ¡Dime qué dices, mar!, Unamuno entabla un diálogo sin respuesta para aliviar su angustia existencial, sentimiento trágico de la vida que recorre toda su obra y pensamiento. Tout le monde aime le bord de la mer (España, 2016), primer trabajo de la realizadora Keina Espiñeira, se sumerge en la realidad de los inmigrantes que intentan alcanzar la otra orilla (la de Europa) con las imágenes de un mar rabioso e hipnótico como punto de partida. Sirven los versos de Unamuno para verbalizar la encrucijada de pensamientos que aflora en el relato, al contemplar el horizonte que dibuja la línea del mar: “La sinrazón de nuestra suerte abona, / calla la culpa y danos el castigo;/ la vida al que nació no le perdona; / de esta enorme injusticia sé testigo”.

Espiñeira construye un cortometraje de ficción con vocación documental al partir de una realidad huida de las representaciones mediáticas, base de un imaginario colectivo plagado de emblemas migratorios, y convierte al espectador en ese testigo de la injusticia (posición compartida con el propio mar). La mayor parte del relato se sitúa en el impasse del éxodo que emprenden sus protagonistas. La quietud de un bosque en espera recoge la tradición oral de quien lo transita: fantasías que desvelan las esperanzas puestas en un futuro incierto, soñado. La cámara recorre los rostros de quien no tiene más oficio que la espera y, lentamente, se pasea por ese limbo natural capaz de capturar la incertidumbre que allí se respira. Esta quietud del bosque, quebrada por la caída de una violenta catarata de agua, contrasta con las imágenes de ese mar embravecido al que constantemente vuelve la narración. Las imágenes del mar en calma se convierten en lugar de regreso a la eterna espera, esperanza de una nueva vida que no llega. Resulta perturbador ese sosiego nebuloso, reflejo del purgatorio al que se condena política y socialmente a estos hombres sin mayor visibilidad que la que les proporciona esta cineasta, que los convierte en actores de una película cuyo guion escriben mientras se interpretan a sí mismos.

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