En la herida cinematográfica

Entre cada fotograma hay un espacio que nos hurtan…ese espacio del deseo siempre está sustraído, hurtado sin fin…ese espacio del deseo debe cambiar de dirección, de corriente, o hacer una corriente alterna que funcione en ambos sentidos: engullir la imagen y propulsarla hacia el exterior.

Teo Hernández

En las páginas de febrero Caimán CdC aúna textos de siete autoras (entre ellas Gala Hernandez, cineasta e investigadora) y una entrevista a Eurídice Cabañes, en la que se desvelan toda una serie de derivas en el encuentro entre la inteligencia artificial y la imagen. Partiendo de Charles Baudelaire, que rechazó frontalmente la fotografía tildándola de un dispositivo pasador de ‘ceguera e imbecilidad’ (y poniéndonos en conversación con un pasado no tan lejano), llegamos a rastrear la posibilidad del cine sin cámara como una posible ampliación de la gramática cinematográfica. Así, surgen posibilidades en constante reproducción, un presente infinito en el que la imagen se busca en el detalle y la definición, y rápido entra en consonancia con la ausencia de la misma, con la herida, la fractura, el vacío que da cuenta de la presencia.

Paprika (Satoshi Kon, 2006), concebida en en el medio digital, fue ejecutada con una definición menor de lo que se esperaba. Tras una redigitalización de mayor detalle, quedó al descubierto uno de los grandes debates sobre el digital: la desaparición de la herida. Precisamente Adam Elliot traza de nuevo en Memorias de un caracol pinceladas tambaleantes e imperfectas, poniendo la mirada en las reflexiones en torno al canon y la búsqueda de la perfección en la imagen. En una historia de dos hermanos que son separados tras la muerte de su padre, la mirada a cámara no será abandonada en la lucha por una dignidad aparentemente perdida. Se genera un film, que pese a toda la carga pesimista de su relato, es concebido en la alegría del seno manual (arcilla, alambre y papel) y celebra lo pausado frente a la rapidez de la industria y la tecnología. A su vez, Zorro y liebre salvan el bosque (Mascha Halberstad) conversa sobre lo particular y lo colectivo basándose en el libro de Sylvia Vanden Heede, que a raíz de un evento catastrófico en un pequeño pueblo de animales pone en evidencia los entresijos del reconocimiento y la avaricia. Otra cinta de animación nos alumbra aquí sobre los procesos colectivos que se alejan de lo individual, protegiendo lo silente y lo compartido.

Aaron Schimberg nos sitúa frente a un escenario y su patio de butacas en A Different Man para ahondar en la dismorfia masculina en el mundo del espectáculo. Un relato que le sirve  para perfilar un texto dentro de otro texto (o uno en paralelo al otro), alimentándose y poniéndose en duda mutuamente, hilvanando un discurso sobre la propia representación y las ambigüedades que él mismo encara. En el ser visto, se configuran toda una serie de colocaciones mediante las que el cuerpo es atravesado por la presencia del otro.

En esta imbricación (individuo-colectivo, perfecto-imperfecto, silencioso-ruidoso) entra en juego, también, la compleja dicotomía entre el pasado y el presente en Siete días en mayo (Rosana Pastor), una combinación de imágenes que explora las similitudes de la ultraderecha de la transición con la que acecha la Europa actual. La cineasta construye un relato coral desde la ruptura, en el que la espina dorsal del dispositivo sirve como narrativa y recordatorio de que existe una búsqueda sucediendo en las fricciones de la cinta. La ficción (a través de la performance y la dramatización) viene a reincidir en la posibilidad de que el pasado quizá pueda embalsamarse a través del presente, aunque sea en un pequeño gesto desgastado que deja la herida al descubierto.

María Sampedro Laca

 


 

Estrenos de la semana (del 27 de enero al 2 de febrero de 2025).
Críticas en Caimán Cuadernos de Cine núm. 196:

  • Memorias de un caracol (Adam Elliot)
  • Zorro y liebre salvan el bosque (Mascha Halberstad)
  • A Different Man (Aaron Schimberg)
  • Siete días en mayo (Rosana Pastor)