En la tensión de los vínculos familiares

Dejando de lado su participación en series de producción internacional, esta la primera vez en su carrera que rueda una película en inglés y fuera de Argentina. ¿Cómo surge dar este paso? El libro me llega justo después de hacer mi última película, La quietud (2018), con la que tiene bastante en común. La quietud trata del reencuentro de una madre con sus hijas, y esto era como el reflejo en un espejo de esa historia, con un padre y sus hijos. Me interesó justamente por eso, por tratarse de algo que de algún modo dialogaba con mi última película. En el medio hice otras cosas, vino la pandemia y me mudé a Barcelona, donde vivo una parte del año, fueron momentos de muchos viajes. Lo que me gustaba era esa idea de Sus hijos como reflejo o como contraste con La quietud.

También hay otra conexión con una película de su filmografía como El clan (2015), en la que ya abordaba, desde otra perspectiva, los vínculos familiares. Efectivamente, y es central en Sus hijos. Soy un gran admirador de Buñuel y de su faceta surreal, y sentí que esta película me permitía explorar algo que ya estaba en La quietud, por un lado, los vínculos y los distintos iconos familiares. A cada uno le toca un rol, padre, hijo o lo que sea… Pero cuando uno entra en ciertas realidades y ver cómo una familia se comporta, es normal encontrar esta cosa desfasada del enunciado, de cómo deberían funcionar estos vínculos. Por eso Sus hijos me permitía explorar cómo cosas que en cualquier otro grupo familiar podrían resultar extraordinarias, en este casa resultan corrientes y se vuelven cotidianas.

Coescribe el guion junto a Sarah Polley, que como cineasta también ha abordado cuestiones afectivas e íntimas. ¿Cómo fue colaboración? Cuando yo entro en el proyecto, ya había una primera versión de Sarah escrita. Y una de las cosas que me gustó precisamente fue ese primer acercamiento de Sarah a la novela original. En ambos casos la historia estaba muy vinculada a Nueva York y a rutinas propias de la ciudad. Y yo en el proceso de reescritura lo que traté, a favor de hacer el relato más centrado en los vínculos, y no tanto en esas ceremonias o lugares, fue pasar de Nueva York a este lugar un poco perdido entre Oxford y Londres, que es completamente abstracto. De hecho, cuando empieza la película te explica que nos metemos en una especia de fábula.

Cuando empezamos a trabajar el guion es justo cuando Sarah gana el Oscar como guionista por Ellas hablan (2023), y parte del atractivo del proyecto fue trabajar en unión con ella. Me gusta este complemento, la mirada que ella aporta sobre ese mundo tan masculino que retrata la película. Me ayudó para poder contrarrestar y reflexionar.

Citaba antes a Buñuel, pero el relato tiene también algo de onírico o fantástico en lo que se refiere a la versión que el padre ofrece de su propia vida. Es esta mezcla extraña, mirando a Latinoamérica y al realismo mágico, donde las cosas extraordinarias se vuelven, por momentos, cotidianas. Pero me gusta más la cosa surreal, cosas cotidianas que parecen desfasadas de la realidad. Es algo que me interesa para mis personajes, gente ordinaria que se enfrenta a cosas extraordinaria. Personajes que no pertenecen al mundo de la ficción, pero cuya historia pasa a la ficción cuando se encuentran con cosas que fuerzan su propia realidad. En este caso, hablamos con el equipo de El ángel exterminador (1962), esa película donde no se puede abrir la puerta para salir, gente encerrada en una situación absurda. En el caso de la película, el que pretende salir es el hijo pequeño, Andy, que quiere abandonar este encierro. Me gusta ese contraste entre una cosa muy dramática, pero a la vez que tiene ese humor que provoca el absurdo. En este caso, si se quiere, la puerta es más alegórica, todos orbitan alrededor de la figura del padre, cuando en realidad todos tienen motivos para salirse de esa órbita.

El casting reúne a varias generaciones de intérpretes británicos, y en él destaca la presencia de dos veteranos, auténticos referentes, como Bill Nighy e Imelda Staunton. Al empezar a escribir y pensando en esta especie de no lugar, pero ubicado en Inglaterra, necesitaba que Andrew fuera británico, y muy pronto tuvimos a Bill, y yo volví a escribir cuando él se unió. Luego se sumaron Imelda y el resto. Empezó a pasar esto mágico que sucede en las películas, que se empiezan a sumar nombres increíbles. El corazón de la película es la relación de Andrew con su hijo pequeño, pero, a su vez, se trata de una película de ensamble, donde cada parte del universo familiar es tan centrales como el propio padre. Por eso, todos los personajes tienen su escena con él. Fue espectacular, una experiencia que disfruté muchísimo. Un grupo de actores con distintas formaciones, que pertenecen a distintas generaciones, con modos de trabajo bien distintos, y con un director argentino, todos con nuestra experiencia y sensibilidad ayudamos a construir el relato. Teníamos que encontrar en cada toma algo que sorprendiera e invitara a emocionarse y seguir preguntando qué pasa adentro de esta casa. Filmábamos las escenas ‘de un tirón’, tomas de cuarenta minutos con tres cámaras y en todo momento los actores estaban disponibles para buscar algo nuevo cada día.

Además de esta reflexión que propone sobre las relaciones que hacen orbitar una familiar, también hay una exploración del espacio en el que esto sucede. Si te acuerdas de las primeras películas del Dogma, Celebración (1998), por ejemplo, las propias limitaciones del Dogma derivaban en situaciones muy claustrofóbicas, y en conflictos que resolvían en una única localización. En este caso, la casa de Andrew se convierte en otra parte del relato. Encontrar la casa y dar a cada espacio su personalidad fue fundamental. Lo que le sucede a Andrew, uno lo percibe también en la propia casa. Esta idea de poner a los personajes debatiéndose en los espacios que los contienen es muy bonita para explorar con los actores  y el equipo técnico cómo transmitir que todo el tiempo está pasando algo distinto a lo que ves. Son personajes que hablan un montón, pero que en realidad no hacen lo que necesitan o sienten. Nunca terminan de comunicarse. Lo que te preguntas es qué están queriendo decir a través de la melodía de las palabras.

El personaje protagonista, Andrew, recuerda en cierta manera a esos escritores geniales, como Salinger, que deciden permanecer en el anonimato, aislados del mundo. ¿Estaba ya está reflexión sobre el éxito en la novela? En la novela puedes encontrar referencias incluso más directas a este tipo de personajes, pero de algún modo, en la película debaten eso, qué es lo que convierte a alguien en exitoso. Es fácil de encontrar esos referentes en escritores geniales, pero lo que se debate en la película es cómo ese éxito que tuvo el protagonista en el mundo de la literatura conspira contra el éxito de su propia felicidad. Eso es lo que propone en blanco sobre negro la película, qué es el amor en estos vínculos, y cómo este amor es atravesado por estos objetivos profesionales que los personajes tienen. Y esto es algo que se puede aplicar a cualquier persona y en cualquier disciplina, cómo el la vida profesional interfiere en esos vínculos más íntimos, y cómo estos vínculos íntimos se relacionan con el mundo profesional.

Entrevista realizada por teléfono, Madrid-Buenos Aires, el 6 de agosto de 2026.

Fernando Bernal