En contra de un cine moral

Después de un vodevil como Mi crimen (2023) regresa al drama intimista, ¿sentía la necesidad de volver a este territorio menos ligero? Lo que sucede es que cuando yo hago una película, la siguiente va a la contra de la precedente. Después de hacer una producción bastante cara, necesitaba volver a algo más pequeño. Mi crimen es una película con muchos artificios, muy teatral, rodada casi toda en estudios, y quería volver a la naturaleza. Y pensé en Borgoña, porque es una región en Francia donde pasé muchos veranos durante mi infancia.

El film comienza apegado a lo cotidiano y a la naturaleza, pero muy pronto incorpora elementos de thriller. Una transgresión de los géneros que es un rasgo identificativo de su cine. Me gusta basarme en imágenes de la vida diaria, imaginarme un cliché, en este caso la abuelita perfecta. Una mujer que, como se dice, iría al paraíso sin tener que confesarse. Pero detrás de las apariencias hay otras cosas mucho más sombrías y eso es lo que quiero mostrar. Detrás de una aparente perfección hay algo retorcido y mucho más monstruoso. En eso era genial el escritor belga George Simenon, que muestra pequeñas ciudades donde todo es perfecto y, luego, detrás de los visillos se encuentra el horror.

Es verdad que la película se emparenta con la literatura de Simenon, y en lo cinematográfico guarda alguna relación con Claude Chabrol. Claro, porque Chabrol adaptó mucho a Simenon [risas]. De hecho, fue el que mejor lo adaptó.

En su filmografía, en películas como El amante doble (2017), la cuestión de la identidad está muy presente, y es una constante que ahora se repite. Sí, me atraen las apariencias. No me parece que el ser humano sea blanco o negro. Hay una tendencia en el cine contemporáneo a simplificar las cosas, se trata de un cine moral. Y a mí me gusta el cine amoral. Quiero que el espectador se haga su propia idea, no tengo por qué dar lecciones al espectador. En este caso, habrá personas que juzguen bien y mal a la protagonista, creo en el libre albedrio. La vida es complicada, cada uno tenemos varias identidades. Tenemos la identidad social, la apariencia, pero también está lo que llevamos dentro. Es algo propio del ser humano.

En el film habla del tema de la maternidad, pero también de nuevos modelos de familia, que se salen del canon, y que la película muestra como igual de válidos. Es algo que está presente desde mi primera película, Sitcom (1998), donde había que matar al padre para crear una nueva familia. Es realmente lo mismo. Demostrar que los lazos de sangre no son los más fuertes. En este caso, la protagonista quiere crear una nueva familia con una relación menos tóxica que la que tiene con su propia hija.

¿Cómo fue la elección de las dos protagonistas, Josiane Balasko y Hélène Vincent, dos actrices que vienen de mundos muy distintos y sobre cuya relación se sustenta gran parte de la película? Ya había trabajado con ellas en Gracias a Dios (2018), donde hacían el papel de dos madres de víctimas del sacerdote. Ahora me interesaba muchísimo juntarlas, porque en esa película no tenían escenas juntas. Vienen de una tradición francesa muy dispar. Josiane viene del teatro cómico, más bien ligero. Mientras que Hélène viene de un teatro subvencionado estatal mucho más intelectualizado, dramático y serio. Lo curioso es que la química entre las dos fue inmediata, surgió una solidaridad femenina y eso fue genial porque derribó ese pensamiento falso de que entre las mujeres existe rivalidad. Eso no es así en absoluto.

Hablando de su carrera, llama la atención que es un director muy prolífico, pero también sus continuos saltos de géneros, de la comedia musical, al drama de época pasando por thrillers psicológicos. Más que el género, me interesa la historia, y por eso busco el género que mejor se acople a la historia que quiero contar. Si lo piensas, Mi crimen podía haber sido un drama, pero en ese momento me apetecía algo ligero, necesitaba burbujas de champán en un momento complicado. Ahora quería hacer algo con la naturaleza como personaje de la película, por eso quizá también es más dramática. El género depende también de mi sentido del humor en ese momento.

También es una constante sus continuos cambios de registro, sus apuestas por diferentes puestas en escena y planteamientos estéticos. Esto no es un problema, no tengo el ego del autor que quiere imprimir su marca. Yo fluyo. Me siento más en la tradición de los grandes realizadores de estudio americanos de los años cuarenta y cincuenta, que igual hacían un musical que un western o un drama. Ahora bien, si luego los críticos quieren buscar un nexo de unión entre las películas, pues mejor.

Ha trabajado también a menudo con adaptaciones teatrales, ¿qué debe tener ese material ajeno para que capte su atención? Por ejemplo, en el caso de 8 mujeres (2002), me apetecía hacer una película solo con actrices, y alguien me habló de una obra totalmente desfasada, pero fui a por ella. Con Juan Mayorga, fui a ver la obra En la casa (2012) en Francia y me gustó muchísimo. La quería adaptar, era el momento, sentí algo. Y en el caso de Mi crimen, vi la película americana con Carole Lombard y descubrí que era la adaptación de un vodevil francés.

Y, ¿cómo llegó hasta el texto de Fassbinder que adaptó en Gotas de agua sobre piedras calientes (2000)? Quería hacer una película sobre la pareja, sobre cómo el día a día podía destruirla. Pero por lo que había vivido recientemente no lo conseguía. Y un amigo me dijo que fuera a ver esta obra inédita y descubrí que tenía exactamente lo que yo quería contar, y lo hacía mejor que yo, para qué me iba molestar.

Entrevista realizada en San Sebastián el 21 de septiembre de 2024.

Fernando Bernal