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La última película de Melisa Liebenthal va directa al corazón de la identidad humana, a través de uno de los mayores reflectores físicos de ella, el rostro. En una suerte de ficción y documental, e incluso cerca del trabajo ensayístico, la directora argentina nos presenta a Marina, interpretada por Rocío Stellato, una mujer a la que le ha cambiado el rostro sin motivo alguno. Ella deberá convivir con este cambio tan extraño, con todo lo que ello conlleva.

Sin embargo, un problema como este no es mostrado por la directora como un drama psicológico o personal demasiado perturbador o frustrante para la protagonista, sino que mediante él se ponen sobre la mesa otros temas, como el efecto en la sociedad y en el individuo de las redes sociales; la relación con nuestros seres queridos en cuanto a nuestra identidad (tanto física como emocional); o la búsqueda del yo, de nuestra definición. De igual modo, a caballo entre los tintes cómicos y dramáticos, se deja ver también una crítica a las burocracias y los trámites administrativos, algo que se refleja en la dificultad de un mero trámite como puede ser el hecho de renovar el documento de identidad.

Pero lo que cobra valor aquí son los elementos puestos sobre el tablero del relato, que trascienden lo físico para llegar a lo identitario y cómo eso nos afecta. Marina se halla con un nuevo rostro que hace que su familia llegue a no reconocerla por momentos, un desconocimiento del que se intuye algo más, como puede ser el no entendimiento con la propia familia o no sentirse del todo apegado a ella. Un sentimiento de no pertenencia o desarraigo de un lugar o de un núcleo o entorno. De igual modo, y gracias a su radical cambio, la nueva identidad otorga una nueva vida, una nueva posibilidad. No sentirse identificada y poder empezar de cero es algo que parece animar a Marina, espoleada por el autoengaño y la falsa sensación de ser querida que ofrecen los likes en las redes sociales.

Toda la contraposición de la Marina anterior y la nueva se ve exacerbada por la dualidad de rostros, que no nos señalan sino una búsqueda personal de la identidad: quiénes somos en esta sociedad, dibujando un camino hacia ese autodescubrimiento a través de la comparación con el resto. Es en este punto donde entra la comparación animal que guía todo el filme, con constantes imágenes de diversos animales cuyos rostros se asemejan entre sí dentro de su categoría, haciendo chocar con la gran diversidad de rostros humanos que existen. Uno de esos animales, la medusa, la cual no posee tan siquiera una faz como tal, y que da título a esta producción, es el ejemplo para mostrar esa individualidad que solo el ser humano parece poder poseer, pero que paradójicamente no llega en ocasiones a encontrar. Un ser humano perdido y desorientado ante tanto estímulo externo y ante tanta comparación en la época que vivimos, tan destinada a vernos reducidos a simples rostros que se olvidan, sin indagar en qué hay más allá, dentro de nosotros. Luis Herruzo Tirado


¿Qué es lo que determina quién soy? ¿Es mi rostro? ¿Mi legado? ¿Mi carácter o mi personalidad? Melisa Liebenthal introduce su película con una premisa: no todo lo que ve el ser humano, es el todo.

Tras ocho años desde su primer largometraje, Las lindas (2016), donde Liebenthal explora la feminidad desde una perspectiva íntimamente autobiográfica, la directora trae de nuevo la compleja exploración de una mujer desde el concepto mismo de la identidad.

En este film que cuestiona constantemente cómo juzga la sociedad el proceso de identidad y la comunicación frente a la discusión del interrogante constante, Liebenthal presenta dos realidades que conviven la una con la otra. Esto a través de imágenes de animales en un zoológico que más tilda de documental que de cine experimental, reflejando la realidad del rostro no identificativo con un ‘él’ o un ‘yo’, sino con un ‘la especie’ y ‘ellos’. Una manera de englobarlo que compromete al espectador con la trama ficticia de una docente, Marina, quien ha visto su rostro cambiado por completo, borrando a la Marina anterior, y generando una dicotomía inquietantemente trasgresora entre la unión del rostro y la identidad.

Este juego entre los animales y Marina, permite a la directora recrear una realidad en la que el ser humano puede llegar a plantearse cambiar y ser una persona completamente distinta, hasta el punto de reconvertirse en quien se desea. La cuestión, entonces, está en si esto es posible o si aún hay algo que arrastre al animal a su yo primigenio.

Haciendo no solo un análisis de lo físico y lo emocional, también entra en escena el debate que surge sobre y a través de las redes sociales. Utilizando, en este caso, la red social más representativa del sentimiento identitario y de interrelación para el ser humano en la era post 11S: Facebook. Entre las muchas y variadas discusiones que han ido surgiendo, hay una en particular que trae consigo un antagónico al ‘no rostro’ de Liebenthal. Y es el movimiento del colectivo diagnosticado con TID, que cada día alzan la voz a través de Internet para  desentrañar los constantes prejuicios y preguntas sobre su diagnóstico. Si un individuo con TID convive con otros alters compartiendo un cuerpo en común, con un mismo rostro: ¿cómo entonces se llega a la identificación de cada uno o una de ellos, o ellas?

Entre la I.A. y el colectivo humano, se comienza a acortar el espacio que separaba a ambos y que permitía jugar con esta idea, desde una perspectiva fantasiosa y distante en el futuro. El propio mundo de Internet está plagado de individuos en busca de su signo identitario, adolescentes encontrándose a sí mismos y las respuestas a todas sus preguntas a través de elementos y personajes sin rostro. Aquí está la compleja paradoja que nos ofrece El rostro de la medusa. Cercando el concepto mismo del individuo alrededor del rostro, plantea también la genética y las raíces como un lugar conocido y cómodo donde la directora no parece encontrar la respuesta.

Es por tanto, un film que refleja las inquietudes del ahora. Su ambigüedad en ese final desdibujado, desnudo en las paredes de un piso vacío y un rostro familiar, parece indicar la necesidad de la transparencia y la apertura al diálogo. La incógnita sigue ahí y la respuesta está cerca, pero impalpable e invisible. Lucía López Sardón


Ya en época romana el propio Cicerón nos muestra mediante su frase, El rostro es el espejo del alma, y los ojos, sus delatores, la importancia que tiene para las personas el rostro. El rostro hace al individuo, siendo esto algo que lo singulariza.

La película argentina, El rostro de la medusa (Melisa Liebenthal), va a ahondar este tema. Observamos en su directora un cine muy personal y reflexivo, basado en experiencias personales que ella ha querido dejar presentes en su cine. Su ópera prima, Las lindas (2016), nos habla del peso de la imagen alrededor del género femenino. Tras esta, nos encontramos con su primer corto, Constanza (2018), en el que toca el tema de la soledad y, posteriormente, su segundo corto, Aquí y allá (2020), un ensayo que trata el significado de hogar.

Va a trazar un trabajo de aprendizaje tanto personal como laboral, alrededor de sus obras. Un camino basado en la evolución y el autoconocimiento, que le va a acabar conduciendo a su primera ficción, El rostro de la medusa. Esta película abordará su inicio de manera kafkiana, ya que, tanto La metamorfosis de Kafka como este largometraje, empiezan con un cambio físico radical sin explicación alguna. En el caso de la película, esta empieza con Marina, una mujer de unos treinta años a la que le ha cambiado la cara de manera inexplicable. Su rostro es otro, ya no es el suyo. Por lo que, su identidad cambia, ya que, al igual que un DNI vale como documento de identidad, un rostro sirve como prueba de identidad, algo que quedará reflejado en el film. De esta manera, en esta obra, encontramos una mezcla entre la ficción, que muestra la historia de Marina, y el ensayo, compuesto por vídeos de visitas a zoológicos y secuencias de fotografías familiares y de animales. Además de una serie de croquis que tratan de explicar lo que Marina está viviendo. Mostrando, de esta manera, la unión del rostro con la identidad, tanto de una persona como de un animal. Dado que, incluso, la mayoría de los animales tienen su propio rostro, aunque, este, a veces, sea difícil de diferenciar, como ocurre con Poppy, el gato de la madre de Marina.

Al igual que en la obra de Kafka, en esta película aparecen temas como la identidad, las relaciones, la culpa o la soledad. La identidad y personalidad de Marina se va desdibujando y cambiando, debido a su nuevo rostro. Las relaciones que tenía con su entorno, su familia y su pareja cambian. A su familia le cuesta aceptar esa nueva realidad. Esto le provoca frustración y culpa, algo que le conduce al aislamiento y la soledad, dejando atrás su trabajo y a su pareja. Pero, al final, ese cambio, acaba siendo un medio de escape y de liberación, con respecto a su vida anterior. Gracias a su nuevo rostro es consciente de que estaba atrapada en una rutina y empieza a cambiarla. Acaba saliendo de fiesta y teniendo una relación amorosa con un chico más joven. Ese nuevo rostro le da la oportunidad de ser otra persona y conocer otra vida.

En esta película vemos una directora que mediante la ficción nos acerca a algo real.  A través de algo inmaterial, como es el rostro, nos hace reflexionar sobre la vida, el cambio personal, las relaciones humanas y nuestra propia identidad, de una manera original e inteligente. Algo intangible, pero esencial para poder catalogar a alguien como individuo y para poder relacionarse con otros seres, ya sean humanos o animales. Pero que si se transforma puede alterar todo lo que conocemos, llegando a convertirnos en otra persona. Paula Sarabia Sanz