Un domingo cualquiera
Durante mucho tiempo la obra de Bill Morrison se identificó con el uso de imágenes primitivas degradadas, viejos nitratos con un alto nivel de deterioro cargados de una singular poesía que evoca la memoria y la desmemoria del cine. Esos fotogramas poblados por rostros que ya no existen, tal vez estrellas hoy imposibles de identificar que tuvieron su instante de gloria, nos hablan de lo transitorio de cualquier creación humana, de cómo el mayor y más sublime empeño puede acabar siendo una sombra, una mancha difusa condenada al olvido. En esa línea entraban cortos como Light is Calling o el largo Decasia, los dos con banda sonora de Michael Gordon. Su trabajo con archivos fílmicos a veces escapó de lo conceptual para acercarse al documental ‘casi’ canónico, como en The Great Flood, Dawson City: Frozen Time o el tributo al neurocientífico Oliver Sacks Re:Awakenings, pero también se atrevió a manejar el metraje ajeno con ánimo ficcional en Spark of Being, rigurosa y libérrima adaptación de la novela Frankenstein.
En los últimos años Morrison se ha lanzado a ejercicios distintos, al uso de otro tipo de archivos mucho más presentes, las imágenes de las cámaras de vigilancia y de las fuerzas de seguridad. Así nació Incident, distribuida por la revista The New Yorker, una solidísima investigación audiovisual sobre el asesinato de un hombre por parte de un policía de Chicago, que llegó a ser candidata al Oscar al mejor corto documental el pasado año. En el mismo terreno se mueve ahora Sawyer Avenue, Sunday Afternoon [disponible aquí: https://www.youtube.com/watch?v=Z4byUZohosI], que completaría un magnífico programa doble. Estamos de nuevo en Chicago, Illinois, poco después del mediodía del domingo 12 de octubre de 2025. Un mes antes, el servicio de control de inmigración y aduanas de los EUA, el infame ICE, había lanzado la operación ‘Midway Blitz’ contra inmigrantes ilegales que supuestamente aterrorizaban a la población local. Durante dos meses, según explica un rótulo, agentes federales enmascarados recorrieron las calles de la ciudad para arrestar a cualquier persona sospechosa de haber entrado ilegalmente en el país, y eso es justo lo que vemos a continuación, la persecución y detención de un latino.
A las imágenes de las cámaras que llevan consigo se sumarán poco a poco otras fuentes. La gente del barrio empieza a cuestionar qué están haciendo, a recordar que no pueden detener a nadie sin identificación. Quien habla es una mujer valiente que sale a la calle en bata; pronto habrá muchos más vecinos. En el interior del coche de los agentes, el hombre detenido interpela a sus verdugos en español. “¿Por qué hacen esto?”, pregunta, y cuando le responden: “Es nuestro trabajo”, él añade: “¿Saben cuánta gente inocente están agarrando? (…) Yo sé que ustedes ya no pueden hacer nada ahorita, pero ¿saben cuánta gente hay atrás, levantándose a las cuatro de la mañana para ir a trabajar, para tener un futuro?”, una reflexión serenísima en un momento de máxima tensión. La pantalla en ese instante está ya dividida en tres, no tardará en estarlo en cuatro. Al fondo se escuchan los avisos (“Aquí está la migra, cierren las puertas”), también los gritos y las quejas que van creciendo por parte de una ciudadanía que reacciona contra la injusticia. Una ciudadanía que se pone delante del coche si es preciso, harta de los secuestros de niños, de las detenciones indiscriminadas y crueles, de que las protestas pacíficas se disuelvan con botellas de gases lacrimógenos. No hace falta pensar mucho para comprender a quién debemos de verdad tenerle miedo.
Sawyer Avenue… es un poderoso retrato de un día normal deshecho por la locura de un gobierno putrefacto, pero, por encima de todo, de la importancia de que enfrente se mantenga atento un pueblo dispuesto a decir ‘no’ y a practicar la solidaridad entre iguales contra el monopolio de la violencia, un mensaje siempre útil y optimista pero más aún visto desde esta Europa que naufraga en una deriva reaccionaria. Una Mención Especial parece escaso premio para esta gran lección de montaje. El jurado prefirió una buena animación, Dieu est timide, de Jocelyn Charles, que convierte en una extraña pesadilla la obsesión por encontrar respuesta a las grandes preguntas de la humanidad
Martin Pawley








