Fernando Bernal
La cineasta francesa Manon Cubia trabaja sobre el paso del tiempo y sobre la ya citada cuestión de los espacios, presente dentro de otras películas esta sección, en una ópera prima confeccionada con mimo y paciencia sobre unos elementos aparentemente sencillos, que albergan dentro de ellos continuas pinceladas de humanidad. Narrada con una cadencia que genera la relación íntima que establecen sus imágenes con la naturaleza, el film está protagonizado por tres mujeres que en diversos momentos se encargan de regentar un refugio de montaña en un paraje remoto de los Alpes franceses. A través de la mirada de estas protagonista, el film relata episodios mínimos en torno a una comunidad efímera que esta mujeres hacen suya. Mientras los clientes de este hotel en la montañas pasan, ellas permanecen aferradas a este lugar, abrazando un nueva soledad voluntaria y entrando en comunión con el entorno que las rodea. Un espacio de retiro que en cierto modo las convierte en guardianas de una nueva vida en soledad, en un paraje ajeno que convierten en familiar.
Sin grandes alardes y subrayando de una manera especial la intimidad en sus diálogos, la directora debutante traza una sucesión de relatos femeninos, que mediante su puesta en escena invitan al espectador a profundizar en el mundo de sus protagonistas. Mientras, la cámara de Manon Cubia permanece atenta a ese transcurrir de las estaciones y al efecto de estas sobre la naturaleza, algo que se convierte en determinados momentos en un reflejo de lo que bulle en el interior de sus protagonistas. Un film que desde su aparente humildad contemplativa propone un delicado acercamiento al drama interior. Algo que consigue sin estruendos y con una austeridad que se convierte en uno de las principales baluartes de su relato fílmico, permitiendo que las imágenes, el sonido envolvente y transcurrir de cadencioso de los días sean los que elementos que graduen su pulso narrativo.








