Carlos Losilla
La mujer protagonista se dedica a la música, a ‘deconstruir’ –como ella misma dice– determinadas canciones y extraerles su lado más inquietante, menos trillado. Y eso es también lo que querría conseguir Marie Kreutzer, la directora, con su película: transformar un drama típicamente burgués, con investigación policial incluida, en un relato indirecto y distanciado, basándose en la observación y negándose tanto a sacar conclusiones morales como a cerrar las diversas tramas que se abren desde el inicio. Se trataría así de un procedimiento a la vez inverso y paralelo al de La emperatriz rebelde (2022), el largo anterior de Kreutzer. Si este se dedicaba a socavar los cimientos del género histórico mediante grandes dosis de exceso, Un monstruo amable tiende a lo contrario, a estilizar, a restar, de modo que incluso los decorados se basan en colores lisos y apagados, líneas rectas tanto en interiores como en exteriores… El reto, entonces, consistía en enfrentar tal estrategia minimalista a la enormidad turbulenta de la trama: la pareja de la mujer música es un realizador de documentales al que se acusa de traficar con archivos de contenido pedófilo, de manera que la sombra de la sospecha se extiende también a los posibles abusos que haya podido sufrir el hijo de ambos. Y es ahí donde el film de Kreutzer se enreda, presenta serias dificultades para afrontar la gran pregunta: ¿cómo construir esa distancia que tanto busca?
Poco ayuda otra de las decisiones del film: diversificar la trama introduciendo en ella la vida familiar de la agente de policía que investiga el caso, que debe afrontar igualmente una situación parecida respecto a su padre enfermo. Es una cuestión de tono, pues por un lado película quiere evitar una excesiva dramatización de los hechos, pero por otro no encuentra el modo de sugerir los conflictos sin hacerlos explícitos. No es algo que se le exija desde el exterior, sino algo que ella misma plantea y luego quiere resolver cerrando puertas y abriendo otras, dejando demasiado claro que no quiere aclarar nada, ni intervenir, ni juzgar, una decisión que termina revelándose imposible. Y, sin embargo, de ese mismo cortocircuito surge el lado más atractivo de Un monstruo amable. Como la protagonista –en el fondo, la película es Léa Seydoux y viceversa–, el film duda, vacila, se equivoca y va dando tumbos, pero hay una cosa que parece tener clara: quiere romper con su pasado, con el pasado de este tipo de películas en la tradición del cine de –digamos– Claude Chabrol, dramas policiales con trasfondo turbulento, retablos burgueses sobre los que pende la amenaza del escándalo y de lo aberrante, retratos de familia que actúan como metáforas de una máquina social averiada. Kreutzer no lo consigue, pero lo apunta, y ese intento convierte el film en una especie de ensayo inacabado, a medio hacer, que no deja de tener su atractivo.








