Carlos Losilla

Con Dao, la película-trance de Alain Gomis, reaparece en la sección oficial de Valladolid la cuestión del fantasma, que fue protagonista absoluta del primer tercio del festival. En una de las dos celebraciones recreadas por el film, la que sucede en Guinea-Bissau, se trata de convocar al padre, de quien se celebra el funeral, que puede presentarse en forma de cadáver invisible en unas parihuelas o de muñeco construido para la ocasión. En la otra, una boda celebrada en Francia, lo primordial es también el pasado, que viene a mezclarse con el futuro de los novios. Ya desde el principio se dice que Dao pretende hablar de la familia, otro tema nuclear de la sección, y al final sabemos que con eso no solo se refiere a los parientes, cercanos o lejanos. El film de Gomis no es ni documental ni ficción, por mucho que quiera presentarse como tal, sino una especie de performance de más de tres horas donde actores profesionales y naturales conviven estrechamente y se fusionan –aquí reside el secreto– en unos cuantos cuerpos que se mueven, bailan, celebran rituales e incluso se enfrentan físicamente entre sí. Dao casi nunca atiende a su ‘argumento’, sino que lo diluye en una serie de cuadros escénicos, altamente elípticos, que quieren ilustrar el significado de la palabra: tal como reza un rótulo al inicio, ‘dao’ es un movimiento constante en forma de flujo capaz de recorrer el mundo de arriba abajo.

También Chris Marker, en Sans soleil (1983), recurrió a Guinea-Bissau para hablar del desencanto político y el final amargo de toda revolución, algo que caracterizó los años ochenta como resaca de la modernidad. En este sentido, Dao podría considerarse una puesta al día del film de Marker que sigue igualmente el aire de los tiempos: ahora se trata de celebrar la vida desde una perspectiva multicultural y –por qué no decirlo– algo new age, como si toda aquella energía política se hubiera reformulado en un documental turístico de colores vivos e intenciones más bien inocuas. No se trata de eso, tampoco, y Dao no debe tomarse más que como lo que es: una improvisación musical que no solo utiliza sonidos, sino también imágenes, para componer un fresco desinhibido, a veces espectacular, a veces intimista, sobre el mundo como espectáculo y el espectáculo como un mundo que puede tomar diversas formas. Película-fantasma, pues, o bien el fantasma de una película –vemos su casting, su puesta en forma, pero nunca una puesta en escena como tal–, Dao viene a añadir leña al fuego en otra de las cuestiones que está atravesando la sección oficial: el choque del cine –tampoco se le puede llamar ya búsqueda– con nuevas formas de narrar que nunca hubiéramos relacionado con él y, sin embargo, pueden llegar a ser capaces de renovarlo.