Felipe Rodríguez Torres
Si en Dear Werner (2020) Pablo Maqueda se entregaba a una suerte de ascetismo geográfico y gravedad mística tras los pasos de Herzog, en Caro Nanni el cineasta ensaya un desvío radical hacia el espíritu lúdico. La solemnidad del caminante alemán se transforma aquí en el gozoso traqueteo de una vespa romana, sustituyendo la épica del esfuerzo por una ligereza que, lejos de ser banal, funciona como un sofisticado artefacto de deconstrucción autoral. Hay, por supuesto, una reverencia explícita hacia la figura de Nanni Moretti; el filme se postula como una carta de amor que calca la geografía emocional de Caro diario (1993), pero sin embargo, bajo esa capa de admiración, rige un juego de espejos mucho más esquivo, irónico y punzante de lo que parece.
Maqueda utiliza el fetiche de la cinefilia más acérrima –la sacralización de los lugares, el diario de viaje, la emulación milimétrica del maestro– para deslizar una agudísima crítica al egocentrismo del autor cinematográfico contemporáneo, elegantemente oculta tras una sutil máscara de falsa humildad. Al exhibir su propia vulnerabilidad, sus dudas y su obsesión devota, el director no hace sino situar su propio Yo en el centro absoluto del encuadre, fagocitando el homenaje original. Es ahí donde Caro Nanni revela su verdadera naturaleza: un ejercicio de funambulismo conceptual donde la veneración al tótem es la coartada perfecta para hablar de uno mismo.
Esta compleja dialéctica entre el ombligo y el celuloide encuentra su mejor aliado en las enseñanzas de León Siminiani. La influencia directa del autor de Apuntes para una película de atracos (2018) es evidente en el milimétrico equilibrio que se sostiene entre lo puramente cinematográfico y el sustrato personal. La voz en off digresiva, el juego metanarrativo y la autoconsciencia del fracaso como motor creativo emparentan esta gran pieza con la mejor tradición del ensayo fílmico español.
Rodada con una agilidad que camufla un estricto rigor formal, la película desarma al espectador al transitar con fluidez desde el diario íntimo hasta la sutil sátira institucional de la propia industria. Maqueda filma Roma no como un espacio real, sino como un mapa de citas cinematográficas compartidas, un decorado mental donde el cine es la única mediación posible con la realidad exterior. Al final, Caro Nanni es tanto un tributo al genio de Moretti como una lúcida advertencia sobre los peligros del solipsismo cinéfilo. Un film que divierte mientras desmantela, con una desoladora sonrisa helada, las trampas de la impostura creativa.








