Felipe Rodríguez Torres

Además de amar profundamente el cine de Robert Altman y Martin Scorsese, Paul Thomas Anderson siempre ha tenido una querencia por el videoclip, como demuestran sus trabajos para músicos y grupos tan reconocidos e influyentes para la música contemporánea como Radiohead o la cantante Fiona Apple. Sin olvidar proyectos tan sugerentes como el cortometraje-videoclip extendido para Netflix donde colaboraba con Thom Yorke para poner imágenes en su álbum en solitario Anima; o su querencia por el grupo Haim, cuya vocalista, Alana Haim, fue la protagonista de uno de sus trabajos más luminosos y redondos, Licorice Pizza.

Y emulando en parte ese concierto mítico de Portishead en la sala Roseland de la ciudad de Nueva York en el año 1997 inmortalizado por el cineasta y director de videoclips inglés Dick Carruthers, Paul Thomas Anderson también inmortaliza el directo en solitario en el Carnegie Hall de Cameron Winter, vocalista del grupo indie Geese, que se lanzó en directo en el año 2024 con un álbum con raíces más folk, intimista y de autor.

Una oportunidad para que Paul Thomas Anderson salga de sus lugares comunes y su maravillosa hipertrofia formal para entregar una obra íntima y minimalista, donde se enfrenta a la quietud del artista al piano y las limitaciones de puesta en escena que suponen trabajar con la iluminación y el espacio predeterminado. Anderson lo saca adelante con gran pericia. En primer lugar, con ese contraplano del escenario al público y no al contrario, como en todos los conciertos filmados en vivo. Una apuesta que solo sirve para abrir la cinta y que inmediatamente pasa a acercarse en profundidad al rostro y manos del cantante y compositor, dejando que la etérea y profunda música de Cameron Winter ofrezca una experiencia sensorial donde la imagen queda supeditada al sonido y no al contrario.

Aunque, y ese podría ser el único ‘pero’ que se le podría achacar al nuevo trabajo de Anderson son esos travellings que irrumpen de vez en cuando en un metraje parco y contenido. Unos travellings que entran y salen del escenario de manera intrusiva y que parecen un intento algo fallido de que una personalidad como la de Anderson se haga notar. Pero es un leve defecto que no empaña un trabajo tan comedido para lo que nos tiene acostumbrados el cineasta estadounidense.