Fernando Bernal
La sororidad es un tema que atraviesa algunos de los filmes que este año componen la selección de Punto de Encuentro. En el caso concreto de Salen las lobas, la red de conexión y ayuda entre mujeres se establece entre un grupo de adolescentes recluidas en un centro educativo de justicia juvenil. Siguiendo un tendencia consolidada en el cine español actual, la debutante Claudia Estrada Tarascó recurre a un material que surge de su propia biografía y de sus recuerdos referidos al internamiento de su hermana mayor cuando tenía catorce años en uno de estos lugares. En lugar de narrar la historia desde su punto de vista, afrontar qué supuso para ella ese dramático momento, algo que también está presente en la película, la cineasta adopta el punto de vista de su hermana, que se interpreta, con una insólita naturalidad, a ella misma en el film. El relato comienza con la entrada de la joven en esta institución de fines reformatorios, tras un violento incidente familiar. En ese momento, el arco dramático del personaje se consolida a través de silencios y de una actitud de resiliencia ante su nueva situación.
Poco a poco, en un acertado ejercicio de escritura y desarrollo de la creación de la figura central del relato, esta joven comienza a abrirse a lo que sucede a su alrededor. Ese hermetismo del inicio se transforma mediante la relación fraternal que establece con otras tres chicas. Esta amistad permite que entienda la relación con su padre, que propició su entrada en este centro, y con su madre, que se muestra volátil en sus sentimientos hacia su hija. Con una puesta en escena escueta y acertada, Claudia Estrada Tarascó recurre a la crudeza del realismo, pero sin renunciar al simbolismo de los gestos y las palabras, para retratar un proceso de reconstrucción interior, de búsqueda de una nueva voz por parte de la protagonista. Algo que encuentra en parte gracias a su pasión por la música urbana. Las canciones de trap que las jóvenes componen suponen un grito de rabia ahogada entre cerrojos, pero que con su vitalidad consiguen que se escuchen fuera, como si fueran un altavoz de denuncia de los procesos individuales que les han llevado a compartir una situación extrema. Una película que tiene tanto de trabajo documental, a partir de la investigación llevada a cabo por la directora a propósito de la realidad de los centros para menores, como de redención de la autora con pasado. Un inicio en el largometraje acertado, que equilibra con habilidad su componente dramático íntimo, la reivindicación feminista, el drama carcelario y la reflexión en forma de diario filmado.








