Carlos Losilla
La animación podría ser la modalidad cinematográfica más cercana a la abstracción y a la expresividad de las formas puras. Sin embargo, tradicionalmente se utiliza para contar historias más bien convencionales, adscritas a los géneros clásicos y a la narratividad más típica. Eso no tendría por qué ser un inconveniente, pero lo es, sin embargo, cuando se limita a quedarse ahí, sin intentar ni siquiera trascender el relato y conseguir algunas imágenes dignas de sobrevivir por sí mismas. En el caso de La violinista, coproducción entre España, Singapur e Italia que se alzó con el primer premio en el Festival de Cine de Animación de Annecy, se produce una curiosa paradoja al respecto.
Sus temas principales son la música y la guerra, pues cuenta la historia de una famosa violinista singapurense que llega al final de su carrera sin haber reencontrado al muchacho de clase humilde que compartió con ella sus primeros pasos, desaparecido en combate durante la Segunda Guerra Mundial mientras lucha para liberar a su país de la invasión japonesa. Pero ninguno de esos dos puntos de partida es utilizado para experimentar, sino simplemente para componer una saga, a la vez íntima e histórica, que va del melodrama al cine bélico calcando los esquemas del cine de acción real, como si estuviéramos en un viejo film de David Lean. Cuando, en la parte final, termina el flashback explicativo y empieza un largo epílogo conjugado en presente, parece que las cosas van a cambiar y la cuestión del fantasma –clave en esta sección oficial– se va a adueñar de la pantalla, pero la manera en que lo hace tiene más que ver con un sentimentalismo a estas alturas ya agotador que con la búsqueda de nuevas formas, por mucho que la película conserve siempre su fuerza narrativa y la calidad de la animación nunca decaiga.








