Felipe Rodríguez Torres
Asomándose a ese retrato humanista de los márgenes sociales, la ópera prima de Alexander Murphy, Tin Castle, emerge como un deslumbrante ejercicio de resistencia ética y depuración formal. El film retrata el ecosistema cotidiano de una familia de la comunidad Irish Traveller en Tipperary, pero lo hace esquivando con lucidez tanto el reduccionismo del cine de denuncia como la condescendencia del esteticismo bienintencionado. Murphy filma desde una horizontalidad absoluta, donde la cámara no juzga ni sacraliza, sino que habita el espacio junto a sus personajes.
Esta aproximación evoca de inmediato un diálogo subterráneo con The Florida Project (2017), la obra más acertada de Sean Baker. Si bien el cineasta estadounidense operaba desde una ficción hiperestilizada, donde los tonos pastel y el tecnicolor enfatizaban el contraste trágico entre el entorno de Disneyworld y las infancias vulnerables, Murphy prefiere desactivar el artificio cromático en favor de una calidez orgánica y una luz naturalista que emana del propio paisaje irlandés. Allí donde Baker utilizaba la saturación visual como un escudo lírico contra la crudeza del entorno, Tin Castle encuentra su poesía en la quietud de los detalles nimios y en los tiempos muertos de la itinerancia familiar. Ambas películas, no obstante, comparten una misma pulsión medular: la mirada a la infancia como el último territorio de la resistencia y el juego libre frente a la hostilidad sistémica del mundo adulto. Un mundo adulto donde el tiempo se estanca, aproximándose a la dilatación del tiempo de la infancia.
Algo que Murphy representa en su puesta en escena, apostando y confiando plenamente en la dilatación del plano y en la plasticidad de una geografía humana que no necesita de subrayados dramáticos ni de bandas sonoras invasivas y donde el espacio y los objetos cotidianos devienen en símbolos de una identidad fragmentada pero indómita y un entorno donde Murphy esquiva el miserabilismo mediante una mirada rigurosa que respeta la dignidad de lo real y convierte el cine en un acto de hospitalidad estética mutua.








