Felipe Rodríguez Torres

At Night, la ópera prima de la cineasta británica Beatrice Gibson, entrega una pieza de una delicadeza formal subyugante, donde la noche no funciona como mero escenario nocturno, sino como un territorio de resistencia y repliegue íntimo. La cinta se articula como un políptico sensorial donde el espacio temporal no es un contenedor de la acción, sino el verdadero motor y la estructura misma de la narrativa, dialogando de manera explícita con obras fundamentales del cine de la temporalidad expandida como Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1975), de Chantal Akerman o, de forma más reciente, con la quietud circular de Memoria (2021), de Apichatpong Weerasethakul. Como sucedía en aquellas obras, Gibson filma el transcurrir de las horas para revelar lo invisible: el peso del cansancio, la gravedad de los cuerpos en reposo y los microclimas afectivos que germinan en la penumbra.

Es en esa cadencia suspendida donde At Night alcanza sus mayores cotas de verdad, erigiéndose como un bellísimo tratado sobre la sororidad femenina. Lejos de los subrayados discursivos o las proclamas explícitas, la fraternidad entre sus protagonistas se filma a través de los gestos, los silencios compartidos y una coreografía de miradas que sostienen el encuadre. La cámara de Gibson practica una horizontalidad afectiva, un cine del cuidado que encuentra en el espacio doméstico nocturno un refugio frente a la hostilidad y el ruido del mundo exterior. Los cuerpos de las mujeres se filman con una reverencia formal que esquiva cualquier atisbo de voyeurismo, priorizando la calidez de la luz naturalista y un diseño sonoro que magnifica los susurros, la respiración y los ecos cotidianos, convirtiendo el espacio en un organismo vivo.

Sin embargo, esa misma confianza ciega en la dilatación temporal y en la reverberación de sus propios códigos acaba pasando factura a la película en su tramo final. Y es que en sus últimos compases, la propuesta de Gibson se repliega en exceso sobre sí misma y cae en una cierta inercia contemplativa que satura el dispositivo. Lo que en su primera hora era sugerencia, misterio y revelación fenoménica, deviene hacia el cierre en una reiteración de motivos visuales y poéticos que ya habían sido enunciados con suficiente lucidez. La obra se vuelve algo redundante, estirando una atmósfera que ya había alcanzado su cenit emocional. Pese a este leve agotamiento del metraje, At Night permanece en la retina como un valioso ejercicio de resistencia formal, una miniatura lírica que confirma a Gibson como una de las voces más magnéticas de la vanguardia contemporánea, capaz de esculpir el tiempo para filmar los lazos invisibles que nos salvan de la oscuridad.