Fernando Bernal
Si su anterior film, The Temple Woods Gang (2023), un relato en el que incidía en los códigos del cine negro, transcurría en el complejo de edificios del extrarradio parisino donde pasó su infancia, ahora, el cineasta franco-argelino Rabah Ameur-Zaïmeche regresa al país donde nació y donde emigro a finales de los años sesenta, prosiguiendo en ese interés de recuperar a través del cine sus raíces. El director ambienta su nuevo trabajo en Argelia, y, más concretamente, en el desierto del Sahara. Ameur-Zaïmeche, poseedor de una amplia y polisémica filmografía, vuelve a demostrar su capacidad para militar en la indefinición genérica, apuntando en varias direcciones de forma desconcertante, pero a la vez manteniéndose tremendamente libre y liberado de cualquier tipo de peajes en lo que se refiere a las variantes de su propuesta narrativa. El primer acto remite directamente al género de carretera, con dos camioneros, uno veterano y enfermo y su acompañante, que deben trasladar una carga a través de las peligrosas rutas del desierto. En este punto, el film parece asimilarse a una road movie, que vira hacia el thriller cuando unos asaltantes roban el contenido del camión que estos conducen.
Una vez superada la tensión del primer acto, y con la entrada en la diégesis del relato de una joven investigadora francesa –obsesionada en encontrar un libro en manos de una misteriosa mujer– y de su compañero, que ejercen de inesperados actantes en el drama de los camioneros, la película se vuelve inescrutable. Por eso se permite derivar entre la extrañeza en la comedia, la denuncia social o el cine contemplativo, convirtiendo el desierto y su irresistible magnetismo en un reflejo del estado de ánimo de sus personajes, a partir de una poderosa secuencia que desbroza todas las perspectivas iniciales, con el agua, el sol y la arena como elementos principales, y reduciendo las figuras humanas a pequeños puntos en el paisaje, en un ejercicio de estilo que puede remitir a Gerry (2002), de Gus Van Sant. Sin embargo, y a pesar de lo fragmentado (por lo poliédrico) que pueda aparentar ser su guion, Rabah Ameur-Zaïmeche tiene claro hacia donde conduce, mediante inflexiones, su narración, que otorga relevancia a una particular poética de las imágenes sin renunciar a su carga de múltiples significados.








