Cristina Aparicio
“No quiero volver a morir” es un mantra que Jamal (Jonathan Jules) se repite durante uno de sus brotes psicóticos. No querer morir de nuevo, como si existiese la posibilidad de hacerlo varias veces, es un terror muy específico que se ajusta a lo que experimenta este hombre diagnosticado de esquizofrenia. El primer largometraje de Billy Lumby es un grito, un estallido de energía, una corriente eléctrica que sacude con fuerza para sacar del letargo un sistema de salud pasivo, inerte. Es por eso que la película se siente más que se observa, como si se tratase de un film contado en primera persona, desde el propio Jamal y la pesadilla en la que se siente inmerso. Esta inmersión se consigue a nivel formal desde la elección del formato, más cuadrado de lo habitual; el montaje acelerado de planos; los flashbacks a modo de fogonazo que irrumpen de manera inesperada en la narración o la cercanía de la cámara al rostro de los personajes. También resulta fundamental el tratamiento del sonido, con la presencia continua de voces que asedian la estabilidad de Jamal, tan nítidas y claras que cuesta distinguir lo que es real de lo que no.
Pero si Florid es efectiva desde su propuesta inmersiva, también lo es desde su posición de denuncia. La película expone el modelo de atención médica y social de las personas con problemas de salud mental, así como los recursos de que dispone Reino Unido para su atención (entre ellos las residencias tuteladas, pocas veces representadas en el audiovisual a pesar de existir más de seis mil centros de este tipo en todo el país). A pesar de tratarse de una ficción, Lumby se ha apoyado en la realidad: en experiencias cercanas a él, así como en los testimonios de personas que han querido compartir las suyas para dar forma a la película. Incluso las incorpora, usando actores no profesionales que padecen algún tipo de trastorno psicológico. Por eso, Florid es a la vez tan intensa como cercana, tan asfixiante y triste como humana y esperanzadora. Una pesadilla, sí, pero también el momento de después en el que uno despierta y, aún agitado, respira y piensa que puede salir de ella.











