Carlos Losilla
¿Cómo escribir sobre el formato corto en el cine? Si hacerlo sobre largometrajes ya se ha convertido en un desafío, el mismo reto aplicado al corto puede que revele otros secretos acerca de nuestra percepción de las imágenes en movimiento. Y si un largometraje, en la memoria, acaba convirtiéndose en un corto –trama resumida, esencia del estilo, resumen del discurso–, un corto acaba siendo solo una impresión. No es cuestión de duraciones, ni mucho menos, sino de intensidades: el tiempo del corto, quintaesenciado, pasa por nuestra cabeza como un relámpago. De nuevo, ¿cómo hablar de eso?
Apenas vistas, de Abhinetri (Tanmay Chowdhary y Tanvi Chowdhary) y As a Cure (Dorothea Sing Zhang) conservo sobre todo rostros, geografías de rasgos y líneas faciales. En cambio, de Para los contrincantes (Federico Luis) y Gluey Feathers (Salka Tiziana), me quedan, respectivamente, las curvas de las dunas del desierto y de las montañas como si representaran las oscilaciones visuales de los protagonistas. De Whispers of a Burning Scent (Mo Harawe) y Someday A Child (Marie–Rose Osta) conservo colores, nubes, luces y sombras que se anulan en las figuras de unos cuantos hombres que miran sin comprender demasiado. Los argumentos son lo de menos, sin embargo. Lo que importa es deshacerse de esa sensación insoportable de ser meros turistas de esas culturas que desconocemos, convertirnos en videntes que intentan trascenderlas. ¿Y qué mejor ‘vidente’ que aquel que, más que el futuro, es capaz de ver el pasado? ¿Y qué mejor acto visionario que aquel que acude a la imagen como acto fundacional del cine? En Plan Contraplan, Radu Jude y Adrian Cioflâncă acuden a las fotografías que hizo Edward Serotta en Rumania, en los años ochenta, mientras a su vez la policía de Ceaușescu lo espiaba y fotografiaba a él, para crear fogonazos y destellos en cada confrontación, para que salten chispas. El resultado es el cine, tal cual, y para mí una de las mejores películas de Zabaltegi este año.











