Cristina Aparicio

Lo que sucede después de una ruptura deja de ser una cuestión de dos. Hay dos versiones, dos historias, dos vidas en vía de recomposición, pero ningún futuro compartido. En cambio, los romances parecen definir la existencia en pasado, presente y futuro. Después de una vida en común, lo siguiente se mide desde el estado civil. En Esta soledad Javier Giner comienza después de un final: la ruptura de Leo y Lorea. Fueron el uno con el otro mucho tiempo, como demuestran las fotografías que revisan y los objetos que aún conservan la dolorosa condición de recuerdo. Pero nada más. Esta historia, o más bien, estas historias acaban de comenzar. Y lo hacen en paralelo, como avanza el tiempo en realidad. Porque a pesar del egocéntrico punto de vista, al romperse una pareja, nacen dos individuos. En Esta soledad no hay culpables, ni causas visibles. La ruptura solo importa en la medida en que se evita buscar asuntos no resueltos o posibles amores. Este es el momento de sanar, de asumir las riendas y el control de uno mismo. Giner evita caer en la tentación de que estas dos líneas de tiempo se comuniquen o crucen: prefiere quedarse cerca de sus personajes, dos personas durante su proceso de duelo. Y lo hace con la profunda convicción de que es necesaria la menor distancia posible, como si la cámara ocupase el lugar de una mano amiga, de una presencia fraterna que acompaña sin atosigar, que observa sin preguntar.

No es la puesta en escena, tan nerviosa y penetrante, lo único que destaca en esta ópera prima: también un guion que se mantiene en un lugar algo iluminado, cerca del melodrama pero guardando cierta distancia con él. Y las interpretaciones de Marina Salas y Oriol Pla (Lorea y Leo, la expareja protagonista), tan físicas, tan naturales, tan llenas de energía y rabia. Al final, la historia de amor que importa en Esta soledad no es la que compartieron dos amantes, sino aquella que empieza tiempo después, ese amor tan difícil que es el quererse a uno mismo.