Carlos F. Heredero
De vuelta a la más escolástica y apolillada qualité française, la adaptación que Fred Cavayé perpetra de la novela de Víctor Hugo se limita a ‘ilustrar’ el relato literario que le sirve de base con todos los vicios que ya denunciara François Truffaut en su célebre diatriba de 1954 titulada ‘Un certaine tendance du cinema française’. Como si no hubieran pasado ya más setenta años desde entonces, y como si no hubiesen irrumpido entre medias la Nouvelle Vague y toda la modernidad cinematográfica, los artífices de este alcanforado blockbuster dopado con IA abrazan sin pudor toda la asepsia formal (e ideológica, claro está) que hoy en día parece demandar una ambiciosa producción de estas dimensiones si pretende ser saludada, al mismo tiempo, por las instituciones académicas y por el público menos exigente.
Reducida a un folletín paterno y materno filial, la novela original sirve aquí de pretexto para un encadenamiento de episodios que nunca respira por sí mismo, que nunca encuentra ninguna fluidez orgánica interior y que se limita a ‘poner en pie’ con dócil academicismo diferentes episodios del bien conocido argumento. Diálogos impostados y de transparente sustrato literario, ambiciosos planos aéreos para ‘enfatizar’ la grandilocuencia de escenas de masas rodadas flagrantemente en estudio (inenarrables las encuadres cenitales del resultado de la batalla de Waterloo y de los combates callejeros en la insurrección republicana de 1832), y un entramado narrativo puramente mecánico nos devuelven a un ‘cine histórico’ viejo de solemnidad, profundamente aburrido y conveniente desactivado en el retrato de las contradicciones de la Historia. Para sus artífices, la Francia de Napoleón, de la restauración monárquica de Luis Felipe de Orleans y de la revuelta republicana no pasa de ser un trampantojo visual, un mero telón de fondo que solo parece interesarles para filmar secuencias de espectáculo a golpe de dron. Solo la contenida vibración que el gran Vincent Lindon consigue inyectar en su sobria interpretación de Jean Valjean se salva de este aséptico mamotreto industrial que parece haber venir de la noche los tiempos.











