Felipe Gómez Pinto
“La amistad es más difícil y escasa que el amor. Por eso hay que salvarla como sea. La amistad lleva a la lealtad desde la elección y eso lo hace un vínculo único, puro”, escribió Alberto Moravia, cuando en la Roma de Pier Paolo Pasolini, Elsa Morante, Ninetto Davoli, Atilio Bertolucci, Dacia Mariani, o Roberto Rosellini eclosionaba un fuerte sentimiento de colectivismo y ensoñación. La colectividad en la que se encuentra la amistad entre Carolina Yuste y Afioco Gnecco nace de la refundación extática, gravitante y espectral de las nociones prestablecidas en torno al cuerpo, la herencia, la familia o la identidad. Un gesto que evoca eternidad desde la primera secuencia en la que ambos artistas observan con detenimiento el cuadro de José Ribera, La mujer barbuda (Magdalena Ventura con su marido), lanzando una pregunta transversal en el espíritu del film: “¿Tú crees que alguien le ha querido de verdad?”. Tal y como ya hicieran en su anterior trabajo, Ciao Bambina (2024), el punto de partida se establece en la transición del director, en su resistencia a la normatividad, encarnando una encrucijada de discursos de género trazados en una mutable y lacerante tensión identitaria.
La cámara no es un mero testigo pasivo, sino que transita y muta a la par que su protagonista, revelando en la magnitud del proceso de reconocimiento y reconciliación un espacio de reflexión y reivindicación. Este espacio de lucha halla en el archivo cultural histórico la hipótesis de la revolución que, en palabras de Paul B. Preciado, es la mayor revolución epistémica de la historia, ya que es capaz de ver al cuerpo como un lugar de inserción, pero también como espacio de transformación social y lucha política. A pesar de sus notorias imperfecciones, este honesto diario documental logra erosionar una genealogía elusiva para llegar a concebir la vida, la amistad, como una pasión.











