Felipe Rodríguez Torres
Si el western clásico y su iconografía –cartografiada y construida por John Ford– sirvió en el Hollywood clásico para conformar los mitos y el año uno de lo que acabaría siendo Estados Unidos y, posteriormente, el western crepuscular de los años 80 y 90 reinterpretaría dichos códigos y formas para mostrar aquello que el clásico obvió o dejó fuera de campo –además de ser en muchas ocasiones un vehículo de reconstrucción de la memoria–, el neowestern de los últimos años ha dado pie a una manera de representar los problemas de la América contemporánea a partir de las claves del género por antonomasia de la cinematografía estadounidense.
Ya lo hizo Kelly Reichardt en First Cow (2019) o Chloé Zhao en Nomadland (2020): usar los motivos clásicos del género para dar lugar a una suerte de western no crepuscular sino directamente funerario, donde los espacios de las grandes epopeyas de la conquista del Oeste se han acabado convirtiendo en naturalezas muertas. Y ese legado lo continúa el cineasta Max Walker-Silverman en su segundo largometraje, donde un incendio fruto del cambio climático y acrecentado por las políticas –o la falta de ellas– de abandono de lo rural, tanto de demócratas como de republicanos, ha llevado a que una gran parte de la población americana haya quedado a su suerte. Y así, Walker-Silverman comienza su obra con un gran plano general de un paraje del Oeste americano totalmente anegado por las llamas. Nada queda de la belleza épica que representaron John Ford y herederos. Únicamente, la desolación, potenciando el mensaje a partir del contraste entre la destrucción del paraje natural y la representación de interiores asfixiantes y planos cerrados.
Pero al igual que João Rosas en The Luminous Life, Walker-Silverman apuesta por la mirada optimista, empática y solidaria, donde la sanación del alma de los personajes principales va a la par, casi de manera simbiótica, con un resurgir de esos parajes naturales que vuelven, lenta, pero progresivamente a evocar esa grandeza representada por el Hollywood clásico. Pero con una pequeña diferencia: si el cowboy, el héroe americano por antonomasia, necesitaba de las armas para elevarse, aquí el nuevo cowboy de la contemporaneidad, solo necesita de su corazón. Y así, en esos minutos finales, puede reinterpretar para el tiempo presente el plano mítico de Ford en Centauros del desierto (1956), convirtiéndose tanto en homenaje como en reconstrucción.











