Felipe Gómez Pinto
“Toda búsqueda de aprecio, de identidad, de afirmación o de confrontación con el mundo se reduce, en definitiva, a una búsqueda de interlocutor”. La mayor parte del impulso artístico de Carmen Martín Gaite se centró en la insistente búsqueda de un interlocutor, entendido como un espacio de creación y consuelo, nacido del desencanto vital, la imposibilidad de expresión y el miedo a la muerte. Una exploración personal que conecta con la primera incursión en el documental del realizador uruguayo Federico Veiroj. El motor de su exploración se localizará en el dialogo, a veces incluso en la abrupta colisión, entre un archivo personal filmado a lo largo de treinta años, extractos de sus obras de ficción y el registro del periodo en el que su padre, Aaron Veiroj, fue ingresado en un hospital psiquiátrico. En la confluencia de todas estas imágenes se percibe un intenso deseo por atravesar el tiempo del recuerdo, y de ese modo poder hacer una radiografía en retrospectiva de sus experiencias familiares, pero, sobre todo, de la huella y la influencia que dejó la figura de su padre. Si bien en los fragmentos de sus home movies la forma se descuida premeditadamente para potenciar la desautomatización de las imágenes y así poder reconocerse en el delirante entusiasmo que siempre caracterizó a su padre, la propuesta termina por ser insuficiente para un espectador sumergido en la alternancia de pensamientos entre dos protagonistas demasiado determinados por el pasado. Ya sea en forma de nostalgia o de perdida, el espacio afectivo que se genera tiene rincones muertos e interrogantes demasiado personales, evidenciando una emoción estancada y perdiendo poco a poco la interlocución con el público.











