Felipe Rodríguez Torres

Existen dos caras en Palestine 36, la nueva película de la cineasta palestina Annemarie Jacir. Por un lado, la importancia del relato que narra en esta ocasión: el levantamiento de la comunidad palestina frente al colonialismo británico, motivado, o mejor, acrecentado por las primeras oleadas de colonos judíos tras su expulsión por la Alemania nazi. Y es fundamental conocerlo, porque desde Occidente, el punto de vista del relato siempre ha llegado por el otro lado, polarizando un problema repleto de aristas y convirtiendo a una sociedad en asesinos sanguinarios y sin escrúpulos y a los otros como víctimas inocentes. Pero el problema surge cuando para denunciar o representar el otro lado de la historia, hacemos uso de los mismos mecanismos formales, narrativos y estilísticos que fueron usados en las pasadas décadas.

Y es que el gran problema de Palestine 36 no es el fondo sino las formas. Unas formas que se miran en esos grandes relatos de gran producción, donde la aparente calidad de la obra se mide no por las decisiones de puesta en escena, sino por el empaque formal de gran producción de aquellos herederos de David Lean que nunca entendieron que la obra de este era mucho más que grandes planos en 2:35:1, escenarios milimétricamente diseñados y ejecutados y un uso de la profundidad de campo que no permite alcanzar la vista. Es el caso de las producciones de Jeremy Thomas con Bernardo Bertolucci en los años ochenta o las películas engoladas de cineastas como Roland Joffé. Un mismo punto de partida en su apuesta formal que ahoga el interés de reconstrucción de la historia que se pierde en grandes planos generales, personajes estereotipados, melodramas efectistas, donde el gran espectáculo no deja entrever el verdadero drama humano de un pueblo, el palestino, que vio cómo lenta pero progresivamente le fue arrebatado todo lo que le pertenecía.