Carlos Losilla

Tres adioses es una película que debería identificarse con el género ‘épico’. Esta afirmación puede que resulte extraña para quienes hayan visto, en el último film de Isabel Coixet, una sublimación lírica de la vida y del amor, un sesgo más bien ‘poético’ en sus imágenes. Y, sin embargo, debo insistir en ello: el modo en que el film se acerca a esa mujer rota, abandonada por su pareja y sometida a los rigores de la enfermedad, tiene más de Homero que de Virginia Woolf, por citar a una de las escritoras favoritas de Michela Murgia, la autora del libro en que se basa. Coixet filma esa historia con un tono siempre arrebatado, que toma prestados diversos procedimientos del ‘cine de autor’ contemporáneo para observar esa deriva como una hazaña. En Tres adioses, la vida moderna es un laberinto inextricable en el que la mujer protagonista debe aprender a moverse, a encontrar las claves del misterio que entraña. Y así se convierte en una heroína que no quiere serlo, pero que finalmente acaba asumiendo su papel desde una perspectiva casi mesiánica, por mucho que se vea obligada a ello por las circunstancias. Y ahí se manifiesta una de las grandes contradicciones de esta película que pretende transcurrir siempre en un cierto límite, en un romanticismo de baja intensidad que finge rechazar pero que finalmente lo inunda todo, como las flores en la casa de Miss Marta (Alba Rohrwacher), tal como la llama el personaje wertheriano que interpreta Francesco Carril: el film pregona una ligereza en el ‘arte’ de vivir que sus imágenes transmutan en pesarosa gravedad.

En efecto, el arsenal utilizado por Coixet para materializar esta estrategia es bastante completo. Se recorre Roma, la ciudad donde transcurre la historia, según una mirada turística en versión chic, buscando lugares con encanto pero también con pedigrí cultural. Alguna que otra canción ilustra los momentos más intensos. El pasado de Marta con Antonio viene filmado como una home movie, a modo de flashes que interrumpen la trama principal. Hay una digestóloga que ejerce también de psicóloga, digamos que la acompañante de la heroína en este camino hacia la aceptación vital. Hay una mirada suavemente crítica para con la banalidad de la vida contemporánea que, de repente, sabe verle su lado más ‘encantador’. Y, como consecuencia de todo esto, hay una proliferación de ‘reflexiones’ sobre el sentido de la vida que, significativamente, empiezan cuando la protagonista se pone a practicar mindfulness… y a leer a Feuerbach. El resultado no se hace esperar. Tres adioses es como un elemento más de la vida de Marta: hasta ese punto llega su épica metanarrativa. Marta lo está pasando muy mal pero puede contar con su hermana, con su admirador, con los doctores que la tratan –ambos de intachable talla moral–, incluso con la chica que podría haber sido la nueva novia de su ex pareja… Y con todo ello forma una argamasa, un Gran Relato, que transmite a sus espectadores a la vez que se alimenta de él, que la forma y la conforma, que acaba incorporando en su maltrecho organismo. Quizá por eso su aspecto no se deteriora, como sería propio de la enfermedad que sufre, sino todo lo contrario: cada vez se la ve mejor. Y quizá por eso también la comida es, en el fondo, el gran tema del film, de restaurantes a dietas pasando por recetas y platos. Mientras en The Mastermind, el film de Kelly Reichardt que ha acompañado al de Coixet en estos primeros compases de la SEMINCI, el ‘héroe’ se va empequeñeciendo, convirtiendo en un gran vacío, en Tres adioses va creciendo, acumulando protagonismo. Efectivamente, somos lo que comemos, como escribió Feurbach y se repite en el film. Durante la proyección de Tres adioses, sin embargo, yo me preguntaba igualmente si también somos lo que creemos ser y hasta qué punto eso nos beneficia.