Carlos F. Heredero

Concisa y breve en su metraje, pero ejemplarmente elíptica y modulada en el amplio arco narrativo que abarca, la participación china en la competición oficial del festival es un sensible melodrama sobre la lucha que emprende para recomponer su vida –cuando sale de la cárcel– una mujer condenada por matar (accidentalmente) a su marido maltratador cuando intentaba defenderse de los golpes de su esposo. La incorpora en la pantalla la propia Zhao Xiaohong, protagonista del caso real en el que se basa el film, quien, por tanto, se interpreta a si misma dentro de un relato de apariencia sencilla, transparente y humilde, pero cuya mayor virtud reside en la contención y en el muy controlado registro –ajeno a toda retórica y desprovisto por completo de cualquier acento victimista– con el que se narra una historia de superación personal y de lucha por un futuro posible al lado del hijo de doce años, a quien su madre recupera tras pasar diez años en prisión.

Estamos ante una película de engañosa apariencia modesta. El relato avanza con una precisa, pero muy sigilosa utilización de las elipsis temporales (articuladas sin hacer apenas hincapié en ellas, sin ningún énfasis) y con una contención emocional que nunca se desborda. Esa restricción emotiva y esa modulación elíptica hacen que, en varios momentos, la tensión melodramática amenace con desbordarse (se tiene incluso la sensación de que en cualquier momento el melodrama puede despeñarse por caminos más complicados o hiperbólicos), pero esto nunca llega a suceder, y el cineasta tiene el mérito de contar la historia sin retórica altisonante ninguna y sin ínfulas ejemplarizantes. La protagonista recupera a su hijo, busca trabajo, es despedida de un empleo, encuentra otro, se relaciona con un novio fugaz, regresa para visitar a la abuela paterna, ensaya posibles fuentes de ingreso en el universo de las redes sociales y sigue sin descanso hacia delante, sin reclamar jamás para sí misma condescendencia ninguna. Hace lo que siente que debe hacer. Su retrato no necesita de impostados discursos sociales o redentores. Y la mirada del narrador es aquí tan limpia como la de la protagonista. No es poco para los tiempos que corren.