Nacho Álvarez

Dentro de las galas RTVE llega a San Sebastián la nueva película de Manuel Gómez Pereira, cuyo cine ha transitado esporádicamente la comedia a lo largo de las últimas cuatro décadas y ahora se adentra en un terreno no demasiado explorado, como es el de retratar a Francisco Franco y a su entorno en clave de humor. Con ejemplos más o menos cercanos en el tiempo como …Y al tercer año, resucitó (Rafael Gil, 1980), ¡Buen viaje, Excelencia! (Albert Boadella, 2003), o el último trabajo de Francisco Regueiro Madregilda (1993), la aproximación a la figura del dictador que elige Gómez Pereira orbita aquí en torno a la celebración, recién acabada la guerra, de una cena improvisada para él y sus generales en el Hotel Palace, en uso como hospital de sangre del ejército republicano. A través de un tono ligero y un montaje preciso que hace fluir cómodamente el relato de principio a fin, el cineasta elude ágilmente lo esperpéntico y logra una efectiva comedia en la que el equipo de cocina (salvado provisionalmente del fusilamiento para el evento) tratará de llevar a cabo un plan de huida sin que se enteren los comensales.

Manteniendo ese poso teatral heredado de la obra de José Luis Alonso de Santos que adapta, titulada La cena de los generales y estrenada en 2008, lo que propone aquí el cineasta es un constante juego formal entre lo que está dentro y lo que está fuera. No solo en referencia a la cocina donde se urde el plan con respecto al comedor plagado de generales o el propio hotel como metáfora de un país que anticipaba cuarenta años de represión y el exterior como horizonte simbólico de salvación (la calle, la promesa de llegar a Hendaya), sino atendiendo a todo aquello que puede decirse o no delante de los demás. En este sentido es especialmente significativa la insistencia en los calificativos irrespetuosos sobre la figura del caudillo que emanan de sus propios subordinados a sus espaldas, así como los anhelos particulares (de un lado y del otro) proyectados en secreto sobre el futuro incierto del España, en especial los del teniente Medina, el verdadero protagonista de la historia, cuyo semblante será espejo -gracias a la habitual facilidad de Mario Casas para mostrar con cada gesto el sentir interior de sus personajes-, del proceso que atraviesan todos y cada uno de los asistentes y trabajadores.

Por otro lado, y tras cincuenta años de democracia, cabe preguntarse qué lugar ocupa La cena en la actualidad del cine español, ya que parece considerablemente más alejada de una subversión en tiempo real como la que han logrado otras obras recientes, especialmente la incisiva Su majestad (2025), de Borja Cobeaga y Diego San José. Sería quizás, en ese cine cómico de los años posteriores al 75, que sí arrojó amargas lecturas en clave de humor sobre los usos y costumbres del franquismo, plagado de arquetipos precisos y diálogos certeros, donde una incursión cómica directa en la figura del dictador y sus generales hubiera resultado un contrapunto (francamente) saludable al cine histórico de La Transición.