A orillas del tiempo
Laura Bermúdez
Junto al río, los rayos de sol se cuelan entre las hojas que repiquetean con el viento. El agua borbotea sobre las piedras, cristalina. En este paisaje impresionista que casi roza con los dedos los sensoriales planos detalle de Comida en la hierba (Le dejeuner sur l´herbe, Jean Renoir, 1959) se enmarca el caleidoscopio que es Skill Issue (Willy Hans). Simon (Leo Konrad) se salta el entrenamiento del instituto para ir con unos amigos a bañarse al río. Su solitud es inmensa, Simon se resbala por los encuadres igual que las gotas de lluvia que caen por la ventana de su coche. Allí, Simon comparte el aburrimiento del bochorno con Marie (Alva Schäger). Entre ellos se teje un entramado de intimidad y a base de sorbos de agua de una botella de plástico y confesiones cruzan el bosque. Perdidos en la incertidumbre de la adolescencia, ambos se plantean qué lugar ocupan en el mundo. La naturaleza funciona como un personaje que roba constantemente el protagonismo de los chicos, con los helechos siempre ocupando el primer término, desenfocados, el humano siendo uno con la naturaleza. Un plano detalle recoge la espalda manchada de tierra de uno de los chicos, está tan cerca que los músculos son cordilleras atravesando el plano. Se abre entonces una investigación sobre el plano detalle como un gran plano general, en el que tienen cabida enormes paisajes. Estos planos cerrados revolotean en una serie de interludios de sinfonías visuales en los que la música sintética contrasta con la organicidad de las imágenes. Los interludios son pausas en la narración, en los que Simon puede soñar que es un castaño, el mundo onírico se mezcla con la ficción. En plena magia, se plantea la paradoja del barco de Teseo, buscando la esencia de los cuerpos, eso que les hace únicos. “Las piedras son muy antiguas”, dicen. ¿Es acaso ese bosque el mismo que ocuparon sus padres? No hay respuesta y sin embargo las imágenes parecen proponerla. Una vez más son los planos detalle los que señalan al plástico de colores chillones como el gran protagonista, desde los envoltorios de comida a las chucherías que se desperdigan por el suelo. Los colores fosforitos del propio plástico embarran el utópico paisaje verdoso, y plantean un dilema sobre qué tierra se queda después de nosotros y si será la misma que conocimos.
¿Te gustan las piedras?
Ana Cabrero Mohedano
Esta pregunta describe a la perfección la tímida manera en que interaccionan los personajes del último film de Willy Hans, Skill Isue. Una pregunta anodina, e incluso absurda, que demuestra la poca habilidad que tienen unos jóvenes adolescentes para relacionarse y que el silencio es el mejor recurso para expresarse. El director alemán muestra en su ópera prima, a través de un uso mínimo del diálogo y dominado por el sonido ambiente y la música, las emociones por las que pasa un adolescente, Simon, en un encuentro con un grupo de jóvenes que acaba de conocer durante una tarde de verano.
La cuidada composición de las imágenes demuestra que, a pesar de la ausencia de palabras, Hans refleja muy bien lo que experimenta Simon, quien irrumpe en esta quedada de amigos en el río tras faltar a su clase de gimnasia. Ubicada la cámara desde su punto de vista, hace un lento recorrido por todos estos chicos observando sus movimientos, acciones y escuchando las cortas conversaciones de cada uno de ellos. Él prefiere no participar, ser solo un espectador, contemplar y evadirse, y la imagen lo corrobora enfocando lo que está en segundo término; el agua discurriendo por el río, y desenfocando lo que está en primer término; dos de estos chicos jugando con una pelota o el plano medio de otro relatando una anécdota, en donde la voz se va escuchando cada vez más bajo. Mientras que en esta situación dominan los planos lentos y mínimas acciones, la llegada de Marie al río, revoluciona la tranquilidad de Simon. Tras haberse lastimado delante de ella, su vergüenza se refleja en unos movimientos de cámara en mano inestables, atravesando las altas plantas del bosque para alejarse del grupo. El curso del río vuelve a reflejar las emociones de Simon, ya que cuando Marie y él se bañan juntos, apreciamos un cambio de tono muy abrupto donde los sonidos de la naturaleza se vuelven inquietantes, y los planos, insólitos, donde las imágenes de los distintos elementos del bosque dan vueltas y el río se desborda. Una representación de que Simon está comenzando a sentir algo tan fuerte por Marie que hasta puede sentir miedo, por ser algo que experimenta por primera vez.
Después de What Probably Would Have Happened If I Hadn’t Stayed at Home, Willy Hans repite en esta edición de FilmMadrid dando el salto al largometraje y deslumbra sacando toda su artillería formal en una poética película acerca de esta etapa hacia la adultez, empleando imágenes sensoriales que sitúan al espectador en esos momentos difíciles de intentar conectar con otros y hablar sobre sentimientos.
Ajuste de percepción
Raula Lamper
Un plano general ligeramente picado, que empequeñece al ser y explica su vulnerable existir, nos muestra a Simon (Leo Konrad Kuhn), diecisiete años, al salir de un paso subterráneo plagado de grafitis. Estamos en el primer largometraje de Willy Hans, Skill Issue, donde los túneles reales y simbólicos que atraviesa el adolescente no enseñan en un sentido clásico, que la experiencia no tiene un propósito pedagógico, sino existencial.
El espacio urbano enmarca a Simon, no le abraza y, en su deambular, la mayoría de los escenarios quedan vacíos, como si no encontrara su lugar. El entorno parece expulsarle por opresión y aislamiento, como sucede en los encuadres del tren o su abarrotada habitación, donde el cuerpo se desvanece por los márgenes, hasta desaparecer del plano fijo. Al igual que Chantal Akerman hiciera con Jeanne Dielman (Delphine Seyring), el cineasta alemán recrea así la rutina monótona y la falta de agencia de su protagonista.
Surge entonces el bosque como zona liminal, un paso de transición al igual que la adolescencia, donde no se está ni aquí ni allí, sino suspendido. Las conversaciones fragmentarias, los tiempos muertos y planos sostenidos, refuerzan ese no avanzar frente al fluir del río. Los puntos de vista se entremezclan, la cámara abandona el estatismo y se convierte en un ente más, que se desplaza como un animal salvaje (huida de Simon tras el golpe), sostiene a los personajes siguiéndoles (vergüenza al presenciar un beso), o transmite un ritmo rugoso, distorsionado, desapacible y extraño de la naturaleza; que al experimentarlo en nuestro cuerpo, nos ayuda a comprender la deriva perceptiva y sensorial a la que se lanza Simon en su encuentro con Marie (Alva Shäfer) y que el formato de 16 mm condensa con fuerza expresiva.
Hans abre un último portal: Marie y Simon se fotografían el uno al otro con un móvil y la pantalla actúa como un túnel contemporáneo, donde el encuadre digital permite ver al otro sin quedar del todo expuestos. El dispositivo parapeta, pero también une; es límite y puente a la vez. Simon se ha enfrentado a su propio no saber púber (conecta con los demás trás las hojas de los árboles o de un colchón hinchable) y el diálogo surge en el refugio de la interfaz: silencioso –pero efervescente– de gestos y miradas mediadas –pero que acarician–. El director nos introduce como voyeurs, mezclando nuestro punto de vista y el de ellos, haciéndonos partícipes de una forma de aprendizaje que implica un ajuste de percepción.








