Jaime Pena

Una película belga que repite título (y nombre de personaje) de una de las más polémicas películas de Pedro Almodóvar… con la que acaba teniendo más relación de la que en un principio pudiera parecer. Porque este es otro de esos filmes que en sus primeras imágenes apela al realismo y a los temas sociales de la mano de Kika (Manon Clavel), una trabajadora social con una vida más o menos apacible, pareja e hija mediante. Todo se tuerce o se complica cuando conoce a David, el dueño de un taller de bicicletas. Es ya entonces cuando Kika parece girar hacia la comedia romántica: Kika y David se quedan encerrados en el taller y algo parece surgir entre ellos (esa doble mirada que no consigue sincronizarse y que tanto recuerda a la de La peor persona del mundo (2021) de Joachim Trier). Kika confiesa a una compañera de trabajo el flechazo, cómo quedan todos los días para comer juntos. El sexo no tardará en llegar y con él la ruptura de la relación con el padre de su hija, esto último resuelto con una mirada interrogante (la de él), un rostro que se gira (el de ella) y un silencio que no necesita explicación. Una elipsis nos llevará a unos meses después, cuando David y Kika ya viven juntos. Seguimos en el terreno de la comedia romántica hasta que, inesperadamente, surge el melodrama de la mano de la tragedia: cuando Kika acaba de conocer su nuevo embarazo, David muere repentinamente.

No, este no es el argumento de Kika, si acaso el resumen apresurado de sus veinte primeros minutos. Lo que sigue, casi hora y media de metraje, mantiene ese equilibrio entre la comedia y el melodrama cuando Kika se propone mantener a su hija y poder afrontar el alquiler de su piso con su modesto sueldo (para los estándares belgas) y lo único que encuentra son trabajos muy precarios. La solución es cuando menos inesperada: lo que empieza vendiendo bragas sucias acaba convirtiendo a Kika al BDSM. Y esta evolución solo se explica desde la comedia. Digamos que Kika se prostituye con numerosas condiciones, con más torpeza que de mala gana, ya que al fin y al cabo se trata de un dinero (muy) fácil. Y Kika, la película, se mantiene muy en el filo, haciendo equilibrios entre una realidad muy dura (Alexe Poukine no lo oculta) y un tratamiento que abunda en los elementos cómicos. Pese a ello, lo que es innegable es que Kika va adentrándose cada vez más en ese mundo, a medida que el dinero entra, moviéndose entre lo escatológico y la sordidez. Mucho más que una película de redención, Poukine nos ha regalado una película de supervivencia.